Martes, 16 Oct,2018

Opinión / AGO 10 2018

Inconformidad sistemática

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Para buscar la filosofía no hay que remontarse a la antigua Grecia, ni a las escuelas alemanas y francesas; o a las luminarias de la generación del 98, en España. La filosofía se nutre de cosas elementales —como las plantas de la tierra y el agua—, que provienen del sentido común de la gente. Del campesino, el tendero, el peluquero, el taxista…, que están en contacto con la vida cotidiana y la interpretan sin adornos retóricos ni rebusques literarios, tal como es. La solemnidad de los académicos eleva los conceptos hasta las esferas gaseosas de su sabiduría, para exaltar su ego y, por supuesto, mejorar los honorarios de las cátedras universitarias. Las definiciones del ciudadano de a pie son tajantes, contundentes, dicen la verdad y cualquiera las entiende. Un joven, para definir la inconformidad de su padre con todo, decía: “Mi papá no se amaña sino donde no está”. Por su parte, un humilde maestro jubilado, cuando oyó que los contertulios de una tienda de esquina cotejaban la irracionalidad del ser humano con la naturaleza, frente al comportamiento de los animales, sentenció: “Es que el hombre es el único animal que comete animaladas”. Y el administrador de una pequeña finca en Circasia, ante los reiterados comentarios negativos de la gente sobre la situación del país, decía: “Yo desde chiquito he oído decir que la situación está muy mala y que en Honda hace mucho calor; y ya viejo compruebo que ni lo uno ni lo otro ha cambiado”.

La inconformidad es una constante en las comunidades, que aspiran a lo que sueñan; y les dan palo a los gobernantes, que hacen lo que pueden con los recursos a su alcance. El clientelismo politiquero, aliado de la mafia del narcotráfico, y de otras de su calaña, ha sido la plaga que acabó con el civismo, para comprar votos con servicios conseguidos con las administraciones a las que tienen acceso y sobre las que ostentan poder, maleducando a las comunidades, que aspiran a que las administraciones suministren todo, con el argumento de que “para eso pagamos impuestos”. La acción comunitaria, con excepciones dignas de exaltar, se ha reducido; y en algunos casos pone en peligro la vida de sus líderes, porque detrás de algunos movimientos hay poderosos intereses. Es el caso —para mencionar uno solo— de la reclamación de tierras arrebatadas por los violentos a sus legítimos dueños, que pese a la legalidad que la soporta tiene que enfrentar a los ‘poseedores de buena fe’ —como se llaman ellos mismos—, que adquirieron tierras a menosprecio, a través de testaferros de paramilitares y guerrilleros. Y algunos representantes gremiales, inconformes con las leyes de tierras, los apoyan. Y a los reclamantes asesinados los tildan de guerrilleros, para limpiar la conciencia y poder comulgar tranquilos.

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