Opinión / Febrero 17 de 2017 / Comentarios

Jornada única

José Nodier Solórzano Castaño

Nos especializamos los colombianos en autodestruir las buenas ideas que se nos ocurren. Alguna vez pensamos que sería útil derribar los prejuicios derivados de la Constitución de 1886, formalista y retrógrada, y convocamos la séptima papeleta, una Asamblea Nacional Constituyente y a pesar de las injerencias externas,  en particular del narcotráfico, expedimos una nueva carta magna en 1991.

Para la comunidad internacional fue sorprendente lo alcanzado: un cuerpo de normas soportado en la defensa de los derechos ciudadanos, en la teoría de la participación ciudadana, con logros tan importantes como la figura jurídica de la tutela. Y desde ese día, desde su promulgación, nos hemos dedicado a cambiarla, a no aplicarla o  a enmendarla para volverla reaccionara, en fin, a inhabilitar sus dispositivos de derechos ciudadanos para convertirla en letra muerta.

No me parece que la idea sensata de la jornada única escolar, que nos permitiría generar más conocimiento, creatividad y mantener ocupados a los niños y jóvenes, ahora, por cuenta de los burócratas del papeleo, va camino a convertirse en una nueva decepción colectiva.

El gobierno central acogió una vieja idea de los maestros  sindicalizados, de ampliar la jornada, pero ha querido llegar al cielo por un camino empedrado: es decir, que le valga poco, que se haga rápido- en Chile iniciarla duró casi 15 años- y que la carga mayor  recaiga en hombros de profesores y  estudiantes. 

En Armenia, por ejemplo, bien sabemos que la Secretaría de Educación y la Alcaldía hacen un enorme esfuerzo para acompañar y direccionar esta política nacional, y que la promesa del gobierno central de la alimentación, la ampliación de aulas y dotación, lo mismo que el nuevo recurso docente, llega, sí, pero a paso de tortuga, si llega.
Algunos pedagogos han dicho que la Jornada única no es necesaria porque en Finlandia, meca de la innovación educativa, los muchachos asisten cinco horas y media al colegio. 

Hablar de ese ejemplo no tiene sentido porque la cultura nuestra y las inquietantes encrucijadas sociales requieren un análisis distinto de contexto, donde los padres necesitan trabajar más tiempo y los niños ocupar más su tiempo libre. 

Cito un ejemplo. Bien sabemos que el Casd de Armenia es una institución cuyo avance pedagógico es notable, y que proyectos de competencia lectora de esa institución han sido relievados en el ámbito nacional. Hace pocos días un niño de ese colegio me contaba, desanimado, que en la sede de Santa Eufrasia los estudiantes almuerzan en el piso porque no hay espacio y mobiliario suficiente, que sus baños son una vergüenza y que las cucarachas brotan enormes, parodia de una Casa Tomada de Cortázar, de los sifones de la institución. Ese mismo estudiante me mostró ocho tareas que le dejaron para el fin de semana pasado. 

El desespero de este niño, ante las nuevas realidades de la jornada única,  causa angustia y nos advierte que es pesada, monótona y solo agrega responsabilidades, cuando se pensó que debía generar conocimiento, creatividad y pasión por las humanidades, las artes o el deporte, como lo recomiendan algunos expertos.

¡Qué capacidad de autodestrucción tenemos!. Como lo ocurrido con el No del plebiscito por la paz. Y como ocurre casi siempre: nuestras mejores utopías se vuelven inanes. Letra muerta en el papel timbrado, aquel que sobrevive en nuestros imaginarios. 

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