Martes, 18 Jun,2019
Opinión / ABR 16 2019

La fe, valor espiritual

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Fe, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en la religión católica es el asentimiento a la revelación de Dios, es la primera de tres virtudes teologales, a la luz de la Biblia, en Hebreos 11:1, fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 

La palabra proviene del latín fides, que significa lealtad, fidelidad, es decir, la fe es un valor espiritual que consolida en las personas sus ideales, le da fortaleza y confianza para la realización de los proyectos de vida, pues se convierte en una fuente generadora de disciplina, de poder y capacidad de superación espiritual y personal, orienta el pensamiento y las acciones. Es evidente que, la ausencia de fe conlleva a una intensa incertidumbre espiritual, emocional y mental; convierte a las personas en seres sin propósitos, sin motivación, sin tenacidad, sin voluntad, sin confianza y lo peor sin esperanza, lo que las puede conducir a toma de decisiones inadecuadas, inclusive las puede llevar hasta al suicidio; es necesario pensar que lo fácil, generalmente tiene un grado de deshonestidad; por eso es importante tener fe en los propios ideales, comprender que para lograrlos es necesario trabajar con tenacidad, vocación, dedicación y voluntad. Pero estas reflexiones deben ser asumidas con mayor rigor por los sacerdotes y jerarcas tanto de la iglesia Católica, como de los demás grupos religiosos, pues sumado a los escándalos de pedofilia en unos casos, y de perverso lucrativo negocio en otros; se hace urgente observar con atención el paradigma de la iglesia hoy, partiendo de la base que, en los años recientes se han renovado contenidos, mensajes y hasta métodos, sin embargo el modelo generalizado de transmisión de la fe, sigue aferrado al método de la cristiandad, donde la labor del creyente es en gran parte olvidada y prácticamente los sacerdotes desconocen la forma en que los fieles —a pesar de contradicciones y algunos contratiempos— están enfrentando la prolongación de la espera del regreso de Cristo; es como si los ministros de Dios asumieran que, la transmisión de la fe se hace de forma automática, como un normal funcionamiento de la comunidad. Olvidan tal vez algunos sacerdotes que, el ser humano no necesariamente nace cristiano, sino que se convierte en cristiano, por lo que, de acuerdo con estudiosos del asunto, la iglesia requiere hoy más que nunca nuevos paradigmas, así como lo está haciendo el obispo de Armenia Carlos Arturo Quintero, quien propone una fe que procura responder a las preguntas y anhelos más profundos de las personas, quienes están ahogadas por el consumismo, el materialismo y el deseo frenético de enriquecimiento rápido y sin esfuerzo. No hay dudas, lo prioritario ahora es trabajar para crear en el interior de cada persona las condiciones necesarias que faciliten la consolidación de la fe.

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