Martes, 16 Oct,2018

Opinión / JUN 13 2018

La foto del voto

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El fondo de la imagen, calculadamente escogido por ellos, ateos confesos, para escarnio de los creyentes y abuso de la fe popular: la basílica menor del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como del Voto Nacional, de acendrada significación religiosa.

El propósito: espectacularizar dos adhesiones a la recta final de la campaña de Gustavo Petro a la presidencia de Colombia. Los personajes centrales: el candidato ‘del cambio’, autodeclarado sucesor de Bolívar, Chávez, Galán, Gaitán, exorgánico de un grupo terrorista, exmiembro del Congreso, incapaz durante su paso por sus recintos, de presentar cualquier iniciativa, cualquier proyecto creativo, a favor de sus compatriotas, oficiando solo —pobre papel— como bilioso censor; exalcalde de la capital, donde dejó hondas huellas de irreflexiva testarudez, de ineficacia y desgreño administrativo —ver camiones chatarra, máquinas tapahuecos, cámaras de vigilancia, etc., sobrecosteados e inservibles—, de asignación de miles de contratos a dedo, con criterio electorero, señalado de favorecimiento hacia su inestable grupo familiar; amigo dilecto de los tiranos venezolanos y de su modelo de gobierno, entre otros méritos. 

Claudia López, senadora del grito, de la alharaca, cuyo combustible espiritual es el odio hacia quien envidia por la imposibilidad de emularlo, beneficiaria de sueldos del Congreso mientras oficiaba como candidata a la vicepresidencia, instalada con todo y pareja —obviando reatos éticos— en la misma corporación; en imposible pirueta moral, promotora de la consulta anticorrupción, pero vehemente defensora de la impunidad —la coherencia no es su fuerte—; traidora de su propio discurso —ver repudio a Peñalosa luego de apoyarlo, adhesión a Santos y a su mermelada, tras declarar su imposibilidad moral para hacerlo, actual apoyo a Petro, previa la firma de un decálogo que condena a su nuevo patrón—; ahora relegada a la B. Antanas Mockus, rabipelado publicista y promotor de simplezas, con las cuales nos cautivó antaño —ya no, por suerte—, igualmente santista de oneroso cuño —miles de millones en contratos con su fundación, con cargo a los fondos para la paz—, luego de enfrentarlo en las urnas; ambos, Claudia y Antanas, ahora desleales al blanco Fajardo, su exsocio electoral, sumido hoy día en la inciertas aguas de Hidroituango. 

Íngrid Betancourt, marchita flor francesa de la ingratitud, de la perfidia, quien pretendió demandar al Estado colombiano luego de ser rescatada por la fuerza pública de las alambradas farianas, donde parece haber resultado afectada por una variante del síndrome de Estocolmo; elusiva con la justicia en sus pleitos maritales —¡pobre Lecompte, burlado y estafado!—. Clara López; sí, Clarita, ¡la escudera mayor de los hermanos Moreno Rojas!, coprotagonista del carrusel de la corrupción en el Distrito Capital, del preámbulo de Odebrecht, durante la tenebrosa época del veinte por ciento, de los anticipos a los Nule para pagar comisiones en efectivo a la dupla del oro. 

Todos ufanos, sonrientes, rodeando al nuevo mesías de la izquierda, del agonizante socialismo siglo XXI. Es el cambio. 

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