Martes, 24 Abr,2018

Opinión / DIC 08 2017

La generación de la furia

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"A todos, en algún momento, nos corresponder cerrar el cuaderno de nuestros apuntes, y mirar cómo avanza la tranquila oscuridad hacia nuestros ojos".

En un amanecer de diciembre hace cuatro años exactos, rodeado por los claroscuros de la hora, mi padre, Rosemberg Solórzano Arenas, cerró los ojos después de la agitación de su corazón. Hace pocos días, una tía mía de esa misma rama familiar, Oliva, agobiada por los avatares de su pasado, se despidió de su cotidianidad. A todos, en algún momento, nos corresponder cerrar el cuaderno de nuestros apuntes, y mirar cómo avanza la tranquila oscuridad hacia nuestros ojos. 

Los norteamericanos aspiran a que su generación deje mejor el universo, a los niños y jóvenes, en relación con lo heredado. Es una aspiración legítima y pragmática, porque abona los árboles que darán sombra en el porvenir.

Discutí muchas horas la visión de mundo de mi padre. Su cerrada forma de ver un planeta que, ante nuestros ojos, se despedazaba por cuenta del resentimiento. La justificación que daba al autoritarismo de los jefes políticos y su patente de corso para hacer y deshacer con los destinos de sus correligionarios. Su profunda convicción de que todo tiempo pasado era mejor, y que debíamos someternos a los designios de fuerzas más poderosas que nuestra propia voluntad.

La generación de mi padre -la misma de Gabriel García Márquez-, la generación de la furia, fue sometida a terribles pruebas. Colombia era una nación cerrada a influencias externas, de un centralismo omnímodo, que sentía en la confesión católica un modo de interpretar la realidad y un bastón espiritual para contrarrestar tanta impiedad de nuestras batallas internas. 

Herederos de la guerra de Los Mil Días -al Quindío llegaron familias expulsadas de sus territorios de origen-, y luego víctimas de la guerra civil de 1948, mis padres y abuelos intentaron sobrevivir al asedio de un universo plagado de poderosas confrontaciones: la pobreza económica y la miserable idea de que la diferencia política podía ser resuelta con violencia.

Nunca pudimos, a pesar del Frente Nacional, confrontar nuestros demonios frente al espejo de un país que, hasta hace muy poco, negaba el conflicto interno. Es más, aún ahora los negacionistas, interesados en mantener el statu quo, estiman que vivimos bajo la tormenta de una amenaza terrorista. Teoría falaz, claro.

La generación de la furia creó autodefensas, guerrillas, milicias, bandas criminales, la práctica de las masacres de civiles, la desaparición forzada, el atentado personal, el minado alrededor de las escuelas, el abuso sexual como práctica de guerra, el reclutamiento de niñas y niños en los ejércitos, el servicio militar casi que en exclusiva para los campesino o los más pobres, en fin, fueron infinitos los métodos creados para el avasallamiento de la dignidad y de la vida.

Ahora esa misma generación, o una parte de ella, al desmantelar el acuerdo para desactivar el conflicto con las Farc, al desguazar ese dispositivo de entendimiento, pretende perpetuar los fuegos de la autodestrucción.

Recoge firmas el Centro Democrático para terminar de dinamitar el acuerdo con la guerrilla. Mi padre, quien murió imaginando la derrota de la guerrilla a través de las armas, no hubiera firmado esas planillas de la ignominia. 

Acabar el proceso de paz, ahora, sería preservar el odio entre los colombianos.


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