Es de común observancia una declinación lenta del proceso amoroso de las parejas en las cuales se extingue lentamente el romanticismo y la pasión inicial que los llevó a la unión definitiva.
Este proceso se efectúa sin compensaciones: pura y simplemente se va operando una separación de los respectivos campos de vida y cada uno de los protagonistas va buscando sus propios senderos, realizando un tácito acuerdo de tolerancia con el otro: generalmente el varón toma como pretexto el exceso de trabajo y su ulterior fatiga para no cumplir con sus compromisos matrimoniales, en tanto la mujer se refugia en sus quehaceres domésticos, en sus preocupaciones por obras caritativas o actividades seudo artísticas y sociales, coincidiendo solamente a las horas de comer y dormir, deteriorándose poco a poco la relación interpersonal, pues cuando uno tiene sueño el otro está insomne y viceversa; y cuando uno come, otro lee o habla por teléfono.
Miles de matrimonios llevan este tipo de vida, tras unos años de convivencia por simple rutina, y por creerse obligados a llevarla, en aras de prejuicios religiosos, económicos, legales o sociales. Incluso si, por acaso existe en ellos una actividad sexual periódica, esta tiene lugar gracias a un prodigio de imaginación, sustituyendo ambos la imagen del otro por la de un objeto erótico de intensa atracción física. El riesgo mayor generado en ésta crónica situación es el abandono de la mujer o la infidelidad, y, en el mejor de los casos, la ruptura de la relación de común acuerdo.
El abandono de la mujer causa un grave daño a ésta. En nuestra sociedad actual, no puede excluirse la importancia de los prejuicios en la determinación de la conducta ante la mujer abandonada o engañada: si ésta es soltera no será juzgada igual que si es casada; si tiene hijos no será, tampoco, considerado su caso del mismo modo que si no los tuviera.
Pero estas circunstancias son, en realidad, marginales y pueden agravar o disminuir el sufrimiento solamente en la medida en que actúan sobre su amor propio. La vivencia que más punza a la abandonada es la mutilación de la mayor parte de su ser; siente el vacío íntimo, que engendra un angustiante sentimiento de frustración y de tristeza.
Lo irreparable de la pérdida es tal que no quedan fuerzas para recriminar, ni suplicar, ni ingeniarse ardides de reconquista: todo acabó. Se fue el ser amado y con él marcharon las pocas alegrías y la esperanza de recuperación. Muchas mujeres, sobre todo en el mundo católico, tratan de evitar esta tragedia conformándose con gozar de la mera presencia física, episódica, del hombre a quien amaron.
Más su pena es, sin duda, más torturante que la que tendrían si hubiesen sido totalmente abandonadas; pero ellas lo aceptan como un mal menor, sin duda, porque con tal conducta se cubren las apariencias y, además se alimenta una irracional esperanza de arreglo porque ‘donde hubo fuego quedan brasas’.
Esta tolerancia es conseguida, además, a base de ahogar constantemente el sentimiento de justificados celos: la mujer casi siempre sabe que su antiguo enamorado tiene ‘líos’ fuera del hogar, pero no es factible plantear la situación con franqueza, por temor a romper el débil hilo que mantiene ligado al hombre en el hogar.
El temor al qué dirán, la necesidad de asegurarse la protección económica, o, inclusive, un cierto deseo de venganza, lleva a miles de mujeres a consentir y a prolongar esa especie de divorcio tácito durante años, o durante toda su vida.