Los fracasos sociales de los que tanto nos quejamos cuando finalizan los períodos legislativos o gubernamentales tienen sus responsables: de un lado, los malos gobernantes o los legisladores ineptos, y, de otro, las personas que los eligieron.
Nuestro país ha padecido curiosamente de una amnesia global para los hechos políticos, para las actuaciones de quienes nos han liderado o gobernado, y de las frustraciones que nos han ocasionado; una especie de Alzheimer generalizado que nos hace olvidar lo que por simples razones de supervivencia o por necesidades de bienestar, no debiéramos olvidar.
Olvidamos fácilmente las mentiras y engaños de los corruptos prometedores de las épocas electorales y parece que se borraran de nuestra mente las imágenes de aquellos deshonestos y turbios personajes que ascendieron apoyados en el poder del dinero o del fraude electoral y que buscaron siempre el usufructo personal en desmedro del bien público. Cuando finaliza un período de mando, utilizan su poder para tratar de reciclar su parasitismo, bien sea el personal o el de sustitutos previamente elegidos que dan la apariencia de renovación.
Se vuelven a apreciar hoy fácilmente los diversos tipos de candidatos: aquellos que intentan repetir a pesar de sus nulas actuaciones; los que están predeterminados por la fracción política que detenta el poder y que aseguran la supervivencia política y burocrática del grupo y de los líderes primarios, ellos cuentan con los recursos emanados de la llamada ‘maquinaria’. Otros, aquellos que poseen la fortuna personal necesaria para sufragar los cuantiosos costos de la campaña, o que tienen el respaldo de fortunas, muchas de ellas de dudosa procedencia, que facilitan la práctica de manipulaciones corruptas como la compra de votos. Unos más, que reciben sus candidaturas como herencia familiar o por padrinazgos políticos, sin que la comunidad tenga ningún conocimiento biográfico de sus capacidades gerenciales o de liderazgo cívico. Y, finalmente, los idealistas de reconocidas acciones cívicas e inquietudes por el bien comunitario que aspiran tratando de exponer sus proyectos legislativos o su pensamiento administrativo; éstos son los menos, y tienen pocas probabilidades de triunfo porque las campañas realmente se fundamentan en que las cuantías económicas y las imágenes publicitarias son las que ponen los votos, dejando inexistente el llamado ‘voto de opinión’.
Las masas son sugestionables o manipulables por medio de dádivas o con promesas de empleo que nunca se llevarán a cabo. Candidatos y electores en gran proporción buscan el beneficio personal y no el comunitario. Por eso una gran mayoría de los votos suelen ser irreflexivos e insensatos.
En nuestro departamento la responsabilidad de los electores es muy grande. Nos hemos quedado a la zaga, por falta de líderes como los de antaño que propiciaron su nacimiento a la vida republicana tras intensas luchas y debates sin descanso; que se preocupaban constantemente por sus necesidades y las llevaban junto con las posibles soluciones a los organismos centrales, casi siempre con éxito en sus gestiones por la constancia de su labor. No debemos permitir entonces que las dádivas corruptas que atentan contra nuestra dignidad o que las falsas promesas electorales penetren nuestra decisión de voto.
Analicemos a cada uno de los candidatos, basándonos en su biografía y en la apreciación justa de sus intereses cívicos, sus aptitudes y capacidades demostradas, para tratar de elegir al que mejor represente nuestros intereses, y, si no lo encontramos, tenemos la opción del voto en blanco que es la expresión de nuestra inconformidad y la voz que clama por la necesidad de una verdadera renovación de la clase política.