Opinión / Julio 10 de 2013 / Comentarios

La Pereira de Alan González

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Juan Guillermo Álvarez Ríos

 

Si me atuviera a la reseña que presentó el libro al público, a cargo de la gran Susana Henao, nunca hubiera sospechado la intensa poesía que recorre con su hálito esta novela. Su prolijidad exasperante de inmediato aligerada por el primor poético. El incipiente amor que cree estar listo para la coyunda.

Esa sabiduría tácita de los cuerpos biológicamente prestos. La tragedia que se ensaña en las pobres gentes por cortesía del homo homini lupus, desde el vámonos filogénico. Condenados a hallar un asidero de intertextualidad, me asalta la impecable adolescencia de Raymond Radiguet. Y no puedo dejar de sospechar las lecturas de Eduardo López Jaramillo y un hermoso guiño a Melville. Radiguet, en todas partes, cada frase una revelación, un zumo de vivencia y observación, novelas que encierran miles de poemas. Ya estaba en el viaje que Alan me proponía.

Y entonces la novela fluyó ante mis ojos. Y apareció la ciudad, con los ojos hostiles —detrás de ventanas y balcones— para los adolescentes (¿la Meca de sicarios? ¿Por qué se es un sicario y no nuestro narrador en primera persona, un luchador-contra-su-inercia a lo Julián Sorel?), los espacios de la biblioteca pública y la traqueteante casa de la juventud, con su sala de proyección propicia al deslizarse de los ansiosos dedos; los bares del centro (mi Korova), con su torva decoración en penumbra y su aire comprimido, la prístina laguna del Otún y la pesadilla de las escalinatas de La Churria -que se deja contar a lo McCarthy, hace palidecer a El Bosco y encierra más poesía que Pinares o los centros comerciales, la iniciación en la cerveza y en la nicotina y en la yerba.

El tiempo físico de Pereira. Esa sensación que no sé si se viva en otra parte, de seguro sí, pero la nuestra ocurre aquí mismo: la prisa que nos atosiga, la música que Ella nos destina sin que estemos aún preparados para interpretarla. Nunca preparados. Siempre de más: “Todo estaba allí antes de nuestra llegada”.

Justo el tránsito que sugiere Cecilia Caicedo: de lo rural —nunca bucólico— a lo urbano, la adolescencia de los que (casi) no cuentan. Sorprenderme leyendo una ciudad que fue (que es otra vez) la mía: el cadáver exquisito surrealista sobre el que pululan las mil feas moscas del vidente de Charleville. Cuando dos talentosos como Orlando Mejía y Rigoberto Gil extrañan —en una reciente conversación inédita— por escasas las novelas que conformarán la “ciudad literaria” de Pereira, por contraste con Bogotá y Medellín y Cali y por supuesto Manizales, de inmediato pienso y aduzco anónimos. 

Pereira, mi Pereira a caballo entre su campo próximo, crudo y pobre, pero salpicado de bizarros altares como esa insólita biblioteca privada entre marchitas matas de plátano, y la postmoderna Pereira; poesía narrada con tratamiento estético de vanguardia en una Bildungsroman caótica, con una chica ya maestra de aquello que se supone va a aprender, y un muchacho de veras bisoño pero rimbaldiano, pintor de pincel detrás del pintor de pistola a sueldo de Pingüino, ambos evasores rurales en fuga libresca que dan en hallarse en la ciudad sin puertas cuando su precario equilibrio vital está a punto de romperse, redactores a cuatro manos por iniciativa de El de su origen y tránsito, en el que tal vez se lea la clave y el dibujo de su mutuo destino que siempre ronda el abismo y se socorre de las salidas de alivio sintomático y fondo ominoso, invita a la gente de aquí mismo a asomarse a estas ágiles y densas páginas que no defraudan y nos regalan el triunfo paradójico de los que no renuncian a buscar su lugar en el mundo. Solos.

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