Jueves, 18 Jul,2019
Opinión / MAY 16 2019

Las reglas de la vida

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La palabra —usada con destreza y empatía— puede ser escalpelo: herramienta útil para diseccionar las vidas de los otros, los discursos y los secretos del santo, del villano o de Juan Nadie. De ello dan fe las obras cimeras del periodismo y el testimonio. A la mente se me vienen, a guisa de ejemplo, los trabajos de José Martí, Rodolfo Walsh, Oriana Fallaci, Gay Talese, Janet Malcom. Esta línea estética —la de disimular la presencia del narrador detrás de la libreta de apuntes y de concederle todo el reflector al prójimo— por estos días cede espacio a una variante, interesada en bucear en la psiquis y el álbum familiar del propio autor.

 

Vivir sin reglas, de la reportera estadunidense Ariel Levy, hace parte de dicho formato escritural, cercano al diario íntimo: despoja la existencia progresista del cosmético y el triunfalismo mastercard. Retrata con dulce fiereza las contradicciones afectivas y vitales de una generación llegada a adultez a fines de los noventa, justo antes del apocalipsis del 11-S: aspira a comerse el pastel y al tiempo conservarlo. Busca el frenesí de la libertad sin perder un ápice del bienestar burgués. Al volver su pellejo el blanco de las miradas y describir sus callejones amatorios, Levy consigue darle al lector una idea de la escala de valores de quienes hoy rondan los cuarenta años —educados en el universo conceptual de la aldea global y el fin de la historia­— y empuñan las riendas del orbe. La de Levy, no se puede perder de vista, es la hornada de Emmanuel Macron, Justin Trudeau, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Cayetana Álvarez, Julian Assange, Sean Parker y Leopoldo López.

Hija de la rebelión cultural de los sesenta —responsable del desprestigio de los modelos tradicionales de autoridad y de la caída de muchos tabúes sexuales— Levy escenifica y encarna la encrucijada de las mujeres profesionales: ¿cómo conciliar el impulso de la maternidad con las ganas de dinamitar los techos de cristal? Su historia da cuerpo a la pregunta dorada de todos: ¿cuál es el método adecuado para tejer relaciones eróticas profundas? Parecieran solo dos las opciones, simbolizadas por el grillete y el colibrí. El uno pesa, el segundo fatiga. Lejana del proselitismo, de la pesadez, la prosa de Levy —a pesar de errores orto-tipográficos del volumen— seduce por su franqueza y transparencia. Militante convencida, la autora, al menos en este libro, no adopta el tono regañón de la homilía queer ni de la ortodoxia feminista. Sabe algo ignorado por los cruzados de los radicalismos: la vida comunitaria se construye al lado de personas de carne y médula, no con conceptos puros, abstractos. Lo anterior le permite comprender las formas de pensar y sentir de su madre liberal, de su conservadora suegra, de su adicta cónyuge.

La literatura autobiográfica —lo enseñan los manuales de historia— pelecha en épocas impregnadas hasta el hueso por la incertidumbre y las mutaciones vertiginosas. Lo hizo en las calendas de Josefa del Castillo y Jerónima Nava —prolegómenos de las revoluciones norteamericana y francesa—, lo hace ahora, cuando las lógicas de la internet modelan los vínculos sociales y crean mecanismos de consumo político y cultural.


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