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Las cenizas de Calarcá, y otras cenizas

Autor: Gustavo Páez Escobar

En enero de 1977, cuando yo residía en Armenia, escribí en El Espectador el artículo titulado Ladrillos de cultura, en el cual registraba la inauguración de la casa de la cultura de Calarcá, que tuvo su ejecución con auxilios nacionales conseguidos por la parlamentaria Lucelly García de Montoya, quien en aquellos días era la gobernadora del Quindío. Se trataba de una construcción gigante que se situaría entre las mejores casas de cultura del país.

En 1990, el poeta Javier Huérfano trasladó allí, desde la capital del país, los restos de Luis Vidales. Ambos poetas son oriundos de Calarcá. Huérfano, que se formó bajo la tutela de Vidales hasta coronar una destacada carrera literaria, se encargó de preservar la memoria de su maestro con diferentes expresiones, como la creación de una biblioteca pública en el barrio bogotano donde residía el discípulo.

Luis Vidales, que con Suenan timbres (1926) revolucionó la poesía colombiana, expresó a sus hijos, poco tiempo antes de morir, el deseo de que sus restos fueran llevados a Calarcá. A la muerte de Huérfano en el 2010, sugerí que sus cenizas fueran también trasladadas a la misma casa cultural, para que reposaran al lado de las de su maestro. Se escribiría así una leyenda en el alma de la poesía calarqueña. Y recomendé que la urna cineraria se situara en sitio discreto para no convertir la entidad en un cementerio.

Un año después, el escritor Hugo Hernán Aparicio Reyes notó que había un movimiento de las cenizas, como si estas tuvieran pies. En efecto, se estaban reubicando las urnas. Y escribió en La Crónica del Quindío la columna titulada ¡Carajo, todo el mundo a descubrirse! (las mismas palabras pronunciadas por Alberto Lleras en el Café Windsor de Bogotá al descubrir a Luis Vidales, el niño terrible –l’enfant terrible– de la generación de Los Nuevos, como el gran poeta que llegaría a ser).

La llegada de las cenizas de Lucelly García de Montoya, la fundadora de la casa de la cultura (la cual lleva su nombre), determinó una especie de orden jerárquico para los restos mortales allí situados, mediante el cual la política pasaba al primer puesto, y los poetas al segundo. Dice la nota de Aparicio: “Las losas con sus nombres y algún verso quedaron de cara al muro donde solo prolijos visitantes podrían leerlas”.


gustavopaezescobar@hotmail.com

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Por: guadualito9299 - Enero 28 de 2012 .
no se si el columnista quiso decir que las ubicaron muy escondidas, MEJOR, para que LUCELLY no vea las cenizas que quedan de ese pueblo sucio,desordenado y abandonado que hoy es CALARCA

Por: blanquita - Enero 28 de 2012 .
Y cual es el mensaje ? No quedo clara la idea...

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