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Las cenizas de Calarcá, y otras cenizas II parte

Autor: Gustavo Páez Escobar

La noticia voló hasta Suecia, donde reside el hijo del poeta, Carlos Vidales, profesor jubilado de la universidad de Estocolmo, quien ha manifestado lo siguiente: “Lo que me impresiona no es que quiten esos restos de ahí o que los pongan en un sitio de menor cuantía: no es la calidad del sitio lo que honra o deshonra unos restos mortales, son los restos mortales los que honran o deshonran, según el caso, los sitios donde reposan. Creo que los honores póstumos no enaltecen al muerto, sino engordan al vivo que los organiza y promueve”.

Y agrega: “Si se nos diera el privilegio de opinar al respecto, preferiríamos que sus cenizas (las de Vidales) se confundieran con la tierra calarqueña en lugar de estar prisioneras en una urna. Y, desde luego, no nos gustaría que se las utilizara para librar disputas por sitios de honor con las cenizas de otros muertos”.

El debate está formado, y de él se ha ocupado el espacio virtual NTC, de Cali. Uno que ha terciado en el caso es Carlos A. Villegas, exsecretario de Cultura del Quindío, hoy residente en Texas, quien revive una idea de su autoría, para la cual elaboró incluso el respectivo boceto: la construcción de un Parque Nacional de los Poetas en tierra quindiana, proyecto que incluye museo de exposiciones sobre la literatura colombina, parque de los poetas muertos, en medio de gualandayes florecidos, sitios de lectura y escucha y escenarios para recitales y conciertos. “Colombia sigue en deuda con Vidales –dice Villegas, también oriundo de Calarcá– y parece que la indolencia local no entiende la dimensión de este creador de cultura iberoamericana”.

Los sucesos aquí mencionados llevan a pensar en el poco sosiego que tienen los despojos de algunos personajes ilustres. Los mortales no los dejan descansar en paz. ¿Habrá algo más poético —ya que de poesía hablamos— que esparcir las cenizas en el aire o en el agua?

Me vienen a la memoria los siguientes casos. Tulio Bayer pidió a su esposa que sus huesos fueran arrojados por los Pirineos como un acto supremo de libertad. Las cenizas de Manuel Zapata Olivella fueron tiradas al Sinú, el río tutelar de su tierra, a fin de que las aguas proletarias se encargaran de llevar sus restos hasta el África, de donde provienen sus orígenes. Juan Castillo Muñoz dispuso que sus cenizas se esparcieran por el Salto de Pómeca, en Moniquirá, una hermosa cascada que tiene 17 metros y cae en un pozo cristalino donde se mezcla el esplendor del paisaje con el misterio de los símbolos indígenas de Boyacá.


gustavopaezescobar@hotmail.com

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Por: cuyabro59 - Febrero 04 de 2012 .
que articulo tan estupido, solo por llenar paginas para vender el periodico

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