Martes, 16 Ene,2018

Opinión / ENE 12 2018/ Comentarios

Los electores

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Juan Carlos Murcia

A qué engañarnos, en el juego macabro de la democracia, en la pantomima del Estado social de derecho, en el vaya y vuelva que aquí le guardo, todos somos responsables, todos electores, todos víctimas o victimarios del invento ajeno. Usted y yo podemos votar por uno u otro candidato, podemos votar en blanco si lo queremos, incluso podemos no votar, mas, cualquiera sea nuestra determinación, ya todo está pronosticado, directa o indirectamente, usted y yo elegimos.

Elegimos la sonrisa más limpia (que por lo general es el mejor photoshop), o la chequera más gorda (qué siempre será una vergüenza), o la propuesta más audaz (que suele ser la mentira más fresca), o la abstención más acérrima (que es una bella forma de resistir), o el voto en blanco (que nunca será indigno). Hace poco escuché decir a un periodista del municipio de Circasia que el voto en blanco es un voto perdido, que hay que votar por un candidato, el que sea, dijo, pero votar por alguien. Ya encontrará el señor periodista el momento oportuno de insinuarnos por quién, porque a cada elección la oferta de candidatos aumenta como la deuda pública, infortunios apenas lógicos en un país que adolece de una política pública eficaz para el control de ladrones de cuello blanco y demás alimañas.

Y sin embargo lo lamentable en Colombia no es la sobreoferta de candidatos, ventajistas abundan en todo el mundo, lo lamentable es la pobrísima exigencia de los electores a la hora de votarlos. Sabemos quiénes son los candidatos, pero nos negamos a reconocer quiénes somos sus electores. Solo por recordarlo, como por no perder la memoria, consigno aquí que los electores somos pueblo, pueblo que elige esto o aquello de acuerdo a sus gustos, gustos que distan de la literatura y las artes, que se aproximan mucho más a las canciones de Maluma y Pipe Bueno, a las películas de Dago García y Harold Trompetero, a las novelitas traquetas de RCN y Caracol. Alguien dirá que estas cosas igual son arte, que igual enriquecen nuestra cultura popular, lo cual no me atrevo a negar, pues en cultura popular se convirtieron también las mañas y los vicios, el atajo y la malicia, la corrupción y el hampa, la dependencia tecnológica y la estupidez. No extraña, en consecuencia, que el pastor de iglesia se siga enriqueciendo a costa de quienes pretenden encontrar a Dios en un garaje. Ni que entendamos el significado de patriotismo como el simple hecho de vestir una camiseta de la selección colombiana de fútbol.

Ni que llamemos “héroes de la patria” a un grupo de muchachos adiestrados en la vieja escuela de matar compatriotas. Ni que lleguen al Congreso y a la Presidencia de la República los que seguramente van a llegar. 


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