Opinión / Enero 09 de 2013

Los regalos del poder

Hugo Hernán Aparicio Reyes
 

¿Cómo me llamo yo?, ¿cómo me llamo yo?, vociferaba micrófono en mano la tarde del 24 de diciembre anterior, disfrazada de mamá Noel, mientras repartía baratijas entre la población infantil de algún barrio popular de Armenia, frente a las cámaras de televisión.

 ¿Cómo me llamo?, ¿cómo me llamo?, insistía. Al no lograr como respuesta el coro multitudinario deseado, escogió varios niños al azar y antes de entregarles el “regalo de Navidad”, señuelo adquirido con fondos públicos mediante jugosos contratos, se aseguraba de obtener retribución adicional. Pero, ¿cómo me llamo yo? Repetía, una más otra vez, forzando a los azuzados y asustados infantes a gritar su nombre, mientras el séquito de escoltas, lagartos, padres de familia, lelos ante el despliegue de dadivoso poder, reían y aplaudían.

 ¿Una pregonera de feria?, ¿una animadora de espectáculos, de promociones comerciales desempeñando su oficio?; acaso, ¿un histrión profesional disfrazado para la ocasión?  No; nadie más, nadie menos que la gobernadora del departamento del Quindío en su extendida —parecería inacabable— campaña politiquera. Nuestra mandataria en trance de parroquial caza de votos para futuros proyectos electorales, buscando fijar como eslogan publicitario su nombre, su marca personal. Recurso tan miserable, lesivo de la dignidad de niños y familias, es difícil de imaginar aun en déspotas de ínfima calaña, en manipuladores de ignorancia y candidez.

 Hechos semejantes en estas latitudes no son por desgracia infrecuentes; por lo mismo, tampoco motivos de reproche para una ciudadanía laxa, ya acostumbrada a los abusos de sus victimarios; ni siquiera los perciben como tales. Su mentora política, la tristemente célebre “goberlechita”, inspiradora de su estilo populachero, truculento, a quien organizó una caravana de “desagravio” luego de ser destituida como senadora por actos de similar naturaleza, dejó sentadas las bases del actual estado de cosas en el Quindío. Un ejemplo: Entrega de lápices, cuadernos, uniformes escolares o refrigerios; dotaciones para docentes, establecimientos de educación o de salud, obligatorias para los entes a su cargo por normas legales, se convirtieron en los periodos de estas exóticas damas de gobierno, en show mediático con bombo y parafernalia, siempre dejando la impresión de ser ellas, con cargo a su patrimonio personal, las dispensadoras de toda clase de “obsequios”.

 Mientras tanto, lacras sociales como desempleo y subempleo, consumos de alucinógenos, suicidios, y toda suerte de delitos, encabezando estadísticas; cifras de productividad económica, de aporte regional al PIB nacional, ingreso cafetero, inversión industrial, índices de desarrollo humano y bienestar, en baja inatajable; proyectos para aplicación de regalías y otros recursos estatales, negados o no tramitados; la relación del Quindío con el sistema vial nacional, bajo grave amenaza, sin definición cierta. Mientras la mandataria seccional engaña familias con falsos regalos, el destino de su territorio parece tan oscuro como su propio desempeño.      

  Son los gobernantes que merecemos porque a ellos elegimos; a personas como ella entregamos nuestra confianza, la administración de los bienes públicos, la defensa del interés común. A falta de aptitud, de recta conciencia, de objetivos claros de gobierno, convierten el ejercicio del poder en una pulsión insana, en un apetito nunca satisfecho de codicia y dominio sobre los demás. Es el fatal círculo, la serpiente devorándose por la cola, la ignorancia y la miseria eligiendo a quienes las perpetúan.

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