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Mi amigo Jorge Enrique

Autor: Jaime Lopera

Nunca será posible recibir con tranquilidad la partida de un amigo. Nunca será posible hacer a un lado los sentimientos que esa ocasión depara. Nunca será posible anticipar el abandono cuando sorpresivamente se nos impone la desdicha. En el discreto territorio de los afectos, los amigos dejan un vacío que sólo el tiempo puede reparar tras la huella dejada por el recuerdo de las acciones que nutrieron una vida.

Jorge Enrique Arias era ponderado y discreto, esas dos virtudes tan escasas en las tareas cotidianas y de las cuales carecemos los exaltados: porque a ese tipo de personas, los ecuánimes, les correspondió ser el contrapeso de las emociones. Cuando los barcos sólo tienen velas, cualquier ráfaga inesperada los conduce a los arrecifes; cuando se tienen anclas, hay más seguridades en la ruta y la convicción de que los puertos pueden ser seguros.

En un mundo de precipitudes, de velocidades, de exigencias de resultados a toda costa, no caben los pensadores como Jorge Enrique. Por eso se los sacrifica con frecuencia en el altar de las presiones y los requerimientos: para satisfacer las necesidades inmediatas de los cortoplacistas. Pero aquellos, los ajustados a su propia fuerza del carácter, terminan por ganarle la partida a los afanosos cuando éstos deben repetir y repetir sus errores a los que llegaron por su ligereza.
Si a ello se suman la responsabilidad por las tareas y la puntualidad, tendremos aquí un símbolo inconexo con la realidad quindiana. Jorge Enrique no hacía promesas por hacerlas, ni aceptaba citas que no pudiera cumplir. En este rasgo de su personalidad se adivinaba que estaba dispuesto a respetar al prójimo, a no dejarlo plantado, a cumplir con sus deberes y honrar sus compromisos. Dicho detalle le confería, entre nosotros, sus colegas de la Academia de Historia del Quindío, el acato a sus palabras y a sus acciones profesionales.

Como investigador nunca bajó la guardia. Tenía, según me dijo, planes de variada naturaleza: una publicación, una búsqueda más honda de los avatares por el camino del Quindío y un deseo de perfeccionar sus estudios sobre la influencia de la sociedad caucana en el pensamiento y las costumbres de los quindianos. Esta temática se la respetábamos porque su dedicación a ella debía producir unos frutos que la historiografía quindiana aún reclama.

Si nos pone tristes su orfandad, y con estas palabras lo profiero, es porque algún significado tuvo su paso por el contorno de su familia y de sus amigos, y la verídica sensación de que su olvido será lejano pero ponderado.

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