Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / NOV 08 2018

Modos de ver

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Sus cuerpos se mueven, se buscan, parecen encontrarse. En el escenario, se entrelazan, se separan. Ruedan juntos por el piso, se levantan. Sus piernas, sus brazos, su torso, intentan movimientos de acople a semejanza de una lucha que busca un vencedor. Por momentos parece que están a punto de desbaratarse mutuamente. No obstante, la belleza de la danza cautiva. La coreografía cambia, intentan citas en las que fuman y beben vino imitando escenas de película, él añorando la voluptuosa diva de sus sueños, ella el compañero perfecto.

Ya casi al final del espectáculo y mientras realizan varios pasos de danza formidables que hacen suponer, por fin, el encuentro, el hombre se dirige al público con una observación: “¿qué le vamos a hacer, si es lo único que tengo disponible?”, puntualiza, mientras pasa sus manos por el cuerpo huesudo y envejecido de su compañera de danza. Al final, la mujer parece cansada y se aleja, mientras el hombre en gesto desesperado intenta retenerla. 

Al salir del teatro encuentro entre los asistentes un amigo con quien intercambio comentarios. Su apreciación es que a la obra “le faltó estética”, pues en una representación como la que acabamos de ver la actriz debe ser bonita y la que actuó es demasiado delgada y además vieja. No vimos lo mismo, me digo. ¿No es el montaje de la obra justamente una crítica a esta forma de ver los cuerpos, de entender la “estética”? Entiendo entonces cómo han domesticado nuestras miradas. 

Por estos días el país asiste a discusiones sobre la propuesta de reforma tributaria y sobre modificaciones al acuerdo de paz firmado entre el Estado y las FARC. Como ilustra el economista Salomón Kalmanovitz la propuesta tributaria es inequitativa y regresiva. Como demuestran las innumerables víctimas a lo largo del territorio, los intentos por desconocer los acuerdos de paz solo conseguirían profundizar los horrores de la guerra. Ninguna novedad. Es como si, parodiando lo dicho al público por el bailarín, con la repetición de las mismas fórmulas los sucesivos gobernantes afirmaran: “¿qué le vamos a hacer, si es lo único que tenemos disponible?”. 

Sí, es un asunto de estética, sólo que no del modo como lo dijera mi amigo. Como lo es la imagen de una sociedad en la que la riqueza y el dinero pudieran circular sin que la realización de uno se hiciera a partir de la apropiación del otro, sin recurrir a la violencia. Y también la imagen de una paz que no sea un asunto de conveniencia política, sino una forma de pensamiento, un modo de estar en el mundo. Hay belleza en estas imágenes, en la bailarina aludida y en sus movimientos por los pliegues del tiempo, así como en un modo apacible de vivir.

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