Miércoles, 19 Jun,2019
Opinión / MAR 20 2019

No hay opción

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Algunos despistados no acaban de enterarse; no lo asimilan; odian asumirlo: en las elecciones presidenciales del año anterior la razón se impuso sobre el desatino, la cordura sobre el despropósito; la dignidad de nuestra Nación se expresó en contra del sometimiento a quienes durante seis décadas la agredieron y en contra asimismo de quienes respaldaron la oprobiosa rendición. La democracia pudo superar con fortuna una amenaza superlativa, aún latente, derrotando en durísima lid a sus contrarios. El presidente de los colombianos, para tranquilidad de la mayoría y amargura de unos pocos, se llama Iván Duque Márquez, y, a diferencia de su torvo antecesor, se muestra hasta ahora leal —por cierto algo lento, timorato en su arranque, a mi personal manera de ver— a los principios ideológicos y plan de gobierno trazado en su campaña.

¿A quién entonces puede extrañar o incomodar, quién puede encontrar reprochable, que un presidente ejerza funciones constitucionales inherentes a su cargo, incluida la formulación de objeciones a una ley estatutaria a la cual se opuso parcial y públicamente con bien sustentados argumentos durante su trámite en el Congreso? A nadie distinto a aquellos que hacen de la confrontación belicosa su hábitat; falsos defensores de una paz al capricho de la zurda radical, empeñada siempre en sembrar tempestades, en abrir brechas insalvables entre los colombianos, para emerger como los salvadores finales, como honestos traficantes de fajos y chuspas. 

Si algo no puede suscitar temor entre la ciudadanía de bien, es el normal trámite de las leyes que nos rigen. El Congreso, sus dos cámaras, no obstante la presencia de delincuentes convictos —¡cómo se molestan cuando alguien se los recuerda!—, o de mayorías parlamentarias contrarias a nuestro agrado, es el escenario natural de la democracia donde a través del debate se cumple el respectivo proceso. En las pasadas legislaturas, quienes nos opusimos a los funestos pactos con el narcoterrorismo, muy a pesar del estruendoso triunfo del ‘No’ en el plebiscito de octubre de 2016, debimos tragar con bastante dificultad la refrendación de los mismos por parte de un congreso ahíto de mermelada. Hoy, cuando el gobierno no cuenta con una clara alianza en las cámaras por la eliminación de prácticas malsanas en su interior, cuando la opinión nacional conoce la podredumbre ética al interior del nuevo organismo de justicia, creado a medida de las Farc, y la rampante impunidad para un sinnúmero de delincuentes, incluso de lesa humanidad, tendremos que atenernos a las disposiciones de la Carta Magna para tramitar las objeciones presidenciales, explicadas en detalle por él y enfocadas por comentaristas y medios de información de diversas tendencias. Muchos seguimos convencidos, cada día con más sólidas razones, del daño profundo, difícilmente superable, de los pactos con el narcoterror. No obstante, no queda opción diferente a acatar las leyes vigentes.

Irrepetible oportunidad para la sanación social.

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