Jueves, 22 Ago,2019
Opinión / ENE 18 2019

No hay que creer en espantos pero...

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Habíamos recorrido quinientos kilómetros por la carretera que se extendía de Bogotá al centro del Casanare, entre valles en páramos de lagunas prehistóricas en las alturas, frailejones del pleistoceno, neblinas eternas y después por la sabana resplandeciente que cortaba la autopista, vacas nirvánicas entre altas temperaturas inconcebibles en Bogotá. Al fin en Casanare nos habíamos escapado de trancones y el olor a hidrocarburo de Santa Fe.

No recuerdo si fue al décimo día de instalarnos en la casa de los mangos del jardín. Todavía podíamos comparar la temperatura al mediodía mitigada por la brisa que embriagaba los sentidos, con la temperatura de helajes y lloviznas bogotanas del año viejo. Eran las 8 de la noche y en el patio no quedaba una sola phoephis philca, la bella de grandes alas de oro translúcido ni tampoco la memphis leoneda de incesantes alas azules.

Se oía el carraspido melódico de escarabajos de elitros ensordecedores. En Bogotá donde al alzar los ojos se ve propaganda brutal me había olvidado que la noche es de estrellas, galaxias y constelaciones. A las 8 de la noche miraba los jeroglíficos astrales del cielo de Casanare. De pronto hubo voces alarmadas en la casa. Gritos de terror escalonado. Dije - la música de los raperos que le gustan a Mariana. Y me desentendí.

Tengo un hábito, coleccionar palabras de Colombia; esa noche bajo la constelación de Orión memorizaba: cachicamo, caramera, ¿Saben qué es? En esas estaba cuando desde la casa a la oscuridad del patio vino un grito aún más agudo. Ya no era lo que suponía. No era un horrible rapero ruidoso. - Llamen a su papá! Me levanté inquieto del chinchorro del patio.- ¿Mariana dónde está? Se escuchó un mayor estremecimiento, una voz sin esperanza de ayuda. 

Me fui despacio para asaltar por sorpresa lo que fuera que producía la conmoción. – Se está ocultando en el cuarto, es miedo. Gritó Rubén Santiago. Después mientras me aproximaba, había agarrado un zurriago del corredor, sonó otro grito que me descorazonó. – Le saltó a Rubén Santiago a la cara, Mamá corra, agarre esta tela.

Esta vez aceleré los pasos. Las estrellas se habían borrado, sonaban lúgubremente las chicharras, un pájaro espeso revoloteó en el follaje del mango. – Es asqueroso, Rubén Santiago no puede con eso, ¿dónde está papá? Otra vez gritó Mariana. Ya no escuché ni a Mariana ni a Lola.

Cuando llegué, habrían pasado 30 segundos. Rubén estaba pálido, casi no podía hablar y tenía la escoba contra la pared. Mariana se había escondido en su pieza y Lola me miraba asustada. Entré rápidamente al corredor. –Esa cosa es transparente, se le ven los riñones, el corazón, los intestinos. Dijo Lola. Yo levanté la escoba que tenía Rubén como si fuera el héroe Heracles. Y allí estaba: una fantástica rana de epidermis vidriada, cuyos intestinos, corazón y riñones se veían brillar dentro de su piel diáfana. Repasé -cachicamo es gurre y caramero cornamenta de venado.


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