Domingo, 17 Dic,2017

Opinión / DIC 07 2017/ Comentarios

¿Novelas para el postconflicto?

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Darío Ruiz Gómez

El ideal de lo verdadero se encuentra ante la destrucción total, como el único motivo legítimo para proseguir la labor literaria. 

Una caricatura de la revista satírica “Punch” muestra a dos campesinos miserables cuando uno le dice al otro: “Sabes, John, hoy termina la Edad Media”. El Siglo XIX apenas terminó con la guerra del 14. ¿Acaso hemos superado las secuelas de la violencia feroz desatada en Colombia por la Cruzada Nacional con sus cerca de 300.000 asesinados? Bajo el pretexto de eliminar la inequidad social instaurando una réplica del modelo estalinista en Colombia, 200.000 inocentes fueron asesinados, más de seis millones desplazados, miles fueron desaparecidos en este intento de revolución. El terrorismo y el asesinato político fueron justificados por inhumanas teorías. Zhdánov fue el teórico del llamado realismo socialista impuesto a los escritores del Partido Comunista: nada de personajes con crisis existenciales, nada de poetas líricos pues se debía entender que la nueva literatura ya había superado esos “enfermizos errores del espíritu burgués”. ¿Cómo podía una ideología que supuestamente había superado hasta los dolores de muela permitir las incómodas preguntas de Marina Svetáyeva, de Anna Ajmátova, de Bulgakov? Aquel que se pregunta y al hacerlo está cuestionando lo que cualquier poder trata de imponerle es el hombre moderno. Frédéric Moreau en “La educación sentimental” de Flaubert es el primer personaje de la novela moderna que aboca una reflexión moral sobre la inutilidad de una guerra.

No podemos hablar de Postconflicto como si hubiéramos superado las oprobiosas vejaciones a la dignidad humana, ni podemos decretar el olvido sobre “el pasado” pues el dolor y el sufrimiento humano nunca abandonan la retina del ofendido y se convierten en un interrogante permanente para quienes pretenden permanecer ajenos a los significados de la matanza. Estos significados determinan la impostergable aparición tanto de los rostros de los verdugos como de los muertos insepultos. En “Historia natural de la destrucción” Sebald frente al paisaje arrasado de la Alemania de postguerra se pregunta acerca de las consecuencias que conlleva la negación del pasado y quiénes se atribuyen el papel de víctimas, el silencio sobre las 600.000 víctimas de los bombardeos aliados. Los sumisos zdhánovistas estuvieron al servicio de una cruel utopía pero los escritores que cuestionaron a los Comisarios y padecieron la dura experiencia de la persecución y el exilio, la traición a la esperanza de los explotados, hicieron entender que sólo la literatura como ejercicio de libertad permite acceder a la escritura que se niega al olvido de estas ofensas. 

“El ideal de lo verdadero se encuentra ante la destrucción total, como el único motivo legítimo para proseguir la labor literaria”. No se puede escribir con el mismo lenguaje de los asesinos, el desconsuelo ante la pérdida de lo humano remite siempre a una escritura del interrogante existencial. La novela “políticamente eficaz” del realismo socialista consideró el “pesimismo” de Kafka como un peligro para la revolución y lo prohibió. No se trata de escribir novelas edificantes “para la paz” sino de aceptar esos puntos suspensivos que se han abierto a la escritura desde el sufrimiento humano.


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