Martes, 25 Sep,2018

Opinión / FEB 13 2018

Oda al odio

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Editada por Adriana Hidalgo y compilada por Ariel Magnus, Oda al odio es el título de una magnífica pieza literaria que reúne textos en los que escritores y pensadores de la estatura de Shakespeare, Baudelaire, Byron, Goethe, Nietzsche, Pessoa, Schopenhauer, Turguéniev, Twain, Montaigne, Wilde, Hobbes, Schiller, Voltaire, Dostoievski, entre otros, logran esculpir con marcado estilo y elegancia el sentido de su misantropía innata, su desprecio por la condición humana, su asco por lo que fuimos, somos y seguiremos siendo.

Aludo esta obra con el ánimo de sugerir la pertinencia de su lectura, pero también con la idea de evidenciar lo utópicas e infructuosas que resultan las campañas contra el odio: un instinto tan natural en el ser humano como la excitación venérea. Tratar de conjurar los efectos y las secuelas del odio sin detenerse a pensar sus causas, es tiempo perdido. Nadie nos enseñó a pensar el odio, a entender su inevitabilidad, a saber medirlo y direccionarlo. De este desconocimiento, en mi parecer, y respetando todos los conceptos sobre el tema, surge uno de los graves problemas de la sociedad colombiana: el doblemoralismo mojigato, fanático y religioso que induce al odio subjetivo, nunca objetivo, de los acontecimientos. No es lo mismo odiar la violencia que a los violentos. La guerra que a los guerreristas. La injusticia que a los injustos. La corrupción que a los corruptos. La ignorancia que a los ignorantes. El régimen político que a los políticos. El sistema económico que a los terratenientes y banqueros. La desigualdad que a los pobres o a los ricos. Un individuo que odia, desprecia y se asquea de la violencia, la guerra, la injusticia, la corrupción, la ignorancia, el régimen político, el sistema económico y la desigualdad, es capaz de aportar objetiva, libre y conscientemente a la construcción de una mejor sociedad. Los demás se convierten en elementos útiles a los intereses particulares de los conglomerados empresariales, los partidos políticos y las iglesias. Para la muestra están los disturbios que, en razón a la correría electoral que Timoleón Jiménez decidió iniciar en este departamento, se presentaron hace unos días en la ciudad de Armenia y el municipio de Quimbaya. Nada que pueda sorprender. No recuerdo que el Quindío haya sido declarado “Atenas suramericana”. Lo que sorprende es la posición de la dirigencia de Farc. Entregar las armas para salir de inmediato a buscar votos por las calles de una Colombia que se mantiene en guerra, es una tozudez. Y aunque este derecho hace parte de los Acuerdos de La Habana, uno supone que habiendo tantas otras formas de hacer política, la de participar en la rapiña electoral debería ser la última opción de un movimiento que, para llegar al poder, primero tendrá que vencer el odio subjetivo del que son objetivo.

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