Votar por los mejores senadores de la República y representantes de los departamentos; por gobernantes idóneos comprometidos en la empresa de darle cabida de nuevo a la honradez en el ejercicio de la vida pública. Los valores de la excelencia moral tienen que volver a reinar en Colombia, eso se puede lograr marcando la diferencia entre la honestidad para vencer el mal y el modelo criminal de los corruptos.
En todas partes y lugares del país hay candidatos malos al Congreso de la República, pero existen partidos que tienen en sus listas de aspirantes a otros muy buenos. Hay que denunciar y señalar en todas las esquinas a los autores del delito en el Congreso, ministerios, institutos descentralizados y en general en los despachos públicos de todo el país, ponerlos en la picota pública, pero eso no basta, no es suficiente combatir públicamente al delincuente ni insistir en las enormes ventajas de la honradez, hay que votar con responsabilidad y criterio, con independencia y sin someter el voto a la voluntad de nadie, por los candidatos que hagan el bien, que le sirvan a la sociedad en general y no a los defensores de intereses particulares –dedicados exclusivamente a fomentar la corrupción y el nepotismo.
Qué se promuevan testimonios de moralidad como lo hacemos en algunos medios periodísticos del país le conviene al trabajo social que busca restablecer el orden moral de la nación, pero tampoco es eso suficiente. Hay que sacar las armas de la democracia, los instrumentos constitucionales, los derechos que tenemos todos por norma constitucional y sufragar contra los malos donde ellos estén, no importa el partido o movimiento al cual pertenezcan o la cercanía artificial que le demuestren al ciudadano en un engaño que apenas busca conquistar el sufragio.
En la política aparece mucho zalamero mentiroso, felones vestidos de oveja pero con garras de animal feroz buscando a los ingenuos ciudadanos para que estos voten a cambio de miserables dádivas, de unos malditos billetes, nunca suficientes para aliviar las necesidades del pueblo, pero con los que la corrupción financia la perversa empresa que todos los días le saca dividendos al tesoro público.
El país lleva años viendo los efectos morales dejados por la participación en política de quienes buscan el poder única y exclusivamente para servirse de él. Hay que elegir cautelosamente y votar por quienes quieren el poder para servir al país. En Colombia hay también políticos honrados que pueden llegar al Congreso y a dirigir el Estado, si los ciudadanos reflexionan y si después votan por los mejores entre los candidatos que se presenten en una contienda democrática como la que culminará el próximo 14 de marzo.
Para que en Colombia pueda sobrevivir la democracia necesita una dosis de verdad, puede ser mínima, pero tiene que ser de verdad. La debilidad democrática y sus vacilaciones, pone en riesgo la mínima parte de la verdad democrática que se necesita para que ella se mantenga. No es democrático elegir a los compradores de votos, a los mecenas ficticios, a los farsantes “trabajadores al servicio de la comunidad”. No se puede entender de esa manera a quienes no son sino aprovechadores de las necesidades del pueblo y hasta de la ingenuidad de los humildes que ignoran la realidad política en una sociedad invadida por la corrupción.
Votando por los parlamentarios honestos el próximo 14 de marzo se reduce la posibilidad en el camino para el paso posterior de gobernantes que utilizan los recursos del erario en su propio provecho, de los vendedores de favores, tal cual ocurre con licitaciones a la medida y empleos mediante los más abominables y humillantes formas de contratación. Hay que elegir parlamentarios transparentes no a tramitadores de leyes para la conveniencia de oscuros intereses. Ya es tiempo de vencer el mal. De pensar para elegir los mejores.