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Política y dignidad

Autor: Carlos Arturo Serna Jaramillo

La dignidad es principio fundamental de los derechos humanos. No es una declaración abstracta y vacía. Demanda que se la defina con claridad y se establezcan los mecanismos por los cuales se hace efectiva y concreta en la vida ordinaria. Por eso, contiene elementos que designan su verdadero significado. El principal es el de la autonomía, la decisión de vivir de acuerdo a unos principios, concebir un proyecto o una orientación de su propio destino. De tal manera que la experiencia de vivir la vida, se ajuste al ideal desarrollo personal que se tiene como propósito.

Para que la autonomía sea asunto que concierne con la existencia humana, se requieren ciertos requisitos que hagan de ella una realidad sentida y deseada. Contemplan ciertas condiciones de existencia, materiales y sociales, para que el individuo viva bien, de un modo amable y placentero. Y tratan de la organización político-administrativa, en el entendido de que el hombre se desenvuelve en sociedad y, por tal, no se pueden permitir formas directas o soterradas de humillación en contra de nadie; el esfuerzo y los recursos se encaminan más bien a proteger la integridad física y moral sin distingo alguno. Si se cumplen, se diría que se vive una vida digna.

De ahí el relieve que adquiere la política. Pues está en juego la autonomía y la libertad como calidad de vida. La seguridad, la tranquilidad, la salud, el empleo, la educación, la vivienda, son valores que le incumben de modo directo. Por eso, no podemos estar tranquilos si hay pobreza, iniquidad, desigualdad, humillación o exclusión por abuso de poder o por formas nefastas de corrupción.

El ejercicio de la política no puede estar en manos de políticos de mala fe, ni de funcionarios de turno, venales y corruptos. Ellos nos pueden conducir a la sin salida, pues la crisis que vivimos es la manifestación de una política mal concebida, nos viene de antes, de unos partidos dogmáticos y empobrecidos por el culto a la personalidad, sumisos y elitistas, inclinados a favorecer a grupos y a individuos con intereses económicos y burocráticos.

Los partidos políticos, sin sentido social y colectivo, perdieron su horizonte, desdibujaron su razón de ser. La motivación con la que orientaron los asuntos de estado y la administración pública los llevo a perder legitimidad. Sólo quedan remedos, al perder la función encomendada, terminaron por dispersarse en tantas partes como intereses abrigaban sus dirigentes. Pequeños grupos y personajes de pobre reputación aprovechan la situación en beneficio propio. Un riesgo, puesto que la sociedad queda expuesta a veleidades y caprichos de personajes con inclinaciones que desbordan la capacidad de control que sobre ellos pueda ejercerse.

Una sociedad que valore y respete la dignidad humana debe pensar y decidirse por políticos idóneos, honestos, responsables y rectos. El político capaz de ganarse la confianza y el querer de una sociedad justa, equitativa y democrática, al expresar en su persona la negativa a caer en el “pecado de omisión”, por pereza o indiferencia de los que no tienen consciencia de la función social y cívica que les corresponde.

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