Jueves, 19 Jul,2018

Opinión / ABR 16 2018

Por los pequeños

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En 1954, la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó que se instituyera en todos los países un día universal del Niño y sugirió a los gobiernos estatales que lo celebraran en la fecha que cada uno de ellos decidiera.

Más que un momento para honrar a los infantes y crearles momentos de alegría, este día hace eco de una intención universal orientada a velar por el bienestar de la infancia, que se ha visto vulnerado en incontables ocasiones a lo largo de la historia, una de ellas, tras la Primera Guerra Mundial —momento en el que surgió la idea original—.

Luego de la devastación que se vivió —y que es propia de estos eventos—, el mundo observó los efectos negativos que tenían los conflictos bélicos en la población civil, en particular entre los niños. Paradójicamente, son ellos los más merecedores de protección, destinatarios por excelencia del amor y la ternura, imanes del cuidado y al mismo tiempo, los más vulnerables en toda situación. Son quienes llevan la peor parte. 

Su daño se evidencia más en el absurdo que siempre será la pólvora causando heridas, las armas cegando vidas, la muerte abriendo camino y el odio aplastándolo todo a su paso, con el peso inconmensurable de la irracionalidad humana —descabellada y enorme—.

A nivel mundial se emitió la declaración de los derechos de los niños y se han generado otros instrumentos, orientados a establecer un alto frente a todo lo que violenta o vulnera a los pequeños, buscando ponerlos al margen, pues al fin y al cabo, nada tienen que ver con esas luchas por el poder, el dinero o la dominación del territorio, que nos hemos ‘inventado’ los adultos.

Sin embargo, sigue ocurriendo con frecuencia y fuerza, que los niños y las niñas padecen violencia física, psicológica, afectiva y sexual. Siguen dibujándose los tonos del gris de la tristeza, en rostros de facciones delicadas, bocas diminutas y ojos que apenas se abren a la vida. Esto es inconcebible e imperdonable.

Los instrumentos jurídicos son un esfuerzo loable —a nivel local tenemos el Código de Infancia y Adolescencia, por ejemplo—. Sin embargo, resulta todavía insuficiente para garantizar la vida e integridad de los niños, la preservación de la inocencia hasta que la dinámica misma de su desarrollo determine algo distinto y la garantía indeclinable de sus derechos.

Cada uno tendría que contar con condiciones de subsistencia claras; gozar de una familia que los ame, respete y eduque en las mejores formas que sea posible, y avizorar un horizonte de futuro despejado, donde quepan todos los sueños y las alternativas.

Falta mucho por hacer y lograr, en el mundo y en Colombia… Por los pequeños.

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