Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / SEP 14 2018

Presidentes de la cultura

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Cada gesto o hábito de un presidente de la República, a pesar de él mismo, se torna simbólico para sus conciudadanos. Carlos Lleras Restrepo era un intelectual a carta cabal y escribió el libro De ciertas damas, donde consigna su versión del valor femenino y, a la vez, el machismo de los grandes hombres de la historia. Alberto Lleras Camargo, por su parte, escribía sus discursos con tal tersura gramatical y sintáctica que ahora son pequeñas joyas que todos deberíamos leer. En su caso, Belisario Betancur leía en voz alta en sus veladas nocturnas, en el Palacio de Nariño, a su amado poeta Constantino Cavafis.

Al final, con sus aciertos y errores —todos ellos fueron presidentes conservadores, pero pulcrísimos, éticos—representaron una tendencia muy colombiana abordada por Malcom Deas, ensayista norteamericano, en su libro Del poder y la gramática, un conjunto de textos que estudian la relación de nuestros presidentes, más que con la literatura, con el humanismo. 

Hace pocos días el presidente Duque se reunió con los responsables de la cultura de los departamentos, y les dijo, con ingenuidad plausible, que él era un gestor cultural y que deseaba convertirse en el presidente de la cultura.

Dijo el señor presidente que los 700 mil empleos generados por la cultura y las artes son suficiente enseña y testimonio para todos, y que la cultura sería protagonista del gobierno, en especial en su desarrollo de la llamada economía naranja. Para ello, Duque prometió a su enfebrecida tribuna de secretarios y directores de cultura, el aumento del presupuesto del Ministerio.

Quisiera creerle al señor presidente, pero es difícil. La economía naranja se fundamenta en la entronización de la cultura en el mercado, y eso no es malo si miramos nuestro contexto capitalista. Su concepto y praxis es que los gestores culturales, además de formales, se conviertan en propulsores de grandes proyectos, expresados en la serialización de sus productos y también en las lógicas de las industrias creativas, que requieren un conocimiento de vanguardia de las tecnologías y enormes capitales de base.

Ese es un buen discurso para Dinamarca, pero, como dice el gracejo, no lo es para Cundinamarca. Nuestros emprendimientos culturales en provincia son débiles, y no resisten la bancarización pretendida. Los grandes emprendimientos culturales —excepto el Hay Festival en Cartagena, que es una concesión británica— como los festivales, el Petronio o el Vallenato, o las fiestas culturales, como el carnaval de Barranquilla, el de Blancos y Negros o la de las flores, o las ferias, como la del libro de Bogotá, son procesos subsidiados en su base, construidos en un proceso social simultáneo, y no creados o soportados a partir del crédito bancario.

Habla también el Presidente Duque de la responsabilidad cultural empresarial, y allí hay un potosí para la cultura si copiáramos un poco el modelo norteamericano, fundamentado en cruzar impuestos o tributos por obras o apoyos para cultura. En el Quindío sería útil para hacerle entender a los empresarios y comerciantes que pueden pagar renta a la Dian a través de proyectos culturales.

La concepción tecnocrática del universo implica repetición y negocio puro. El humanismo, por su parte, pretende devolver el alma al ser humano, hacerlo consciente de su naturaleza y de la necesidad de caminar en y hacia briznas o tempestades de felicidad.

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