Opinión / Enero 11 de 2017 / Comentarios

Recordando a Memo

Hugo Hernán Aparicio Reyes

Algún allegado, en acto de pudor, de devoción hacia el finado, desmontó la valla días después de su fallecimiento. La imagen del artista, plasmado no en paños menores sino en pañal desechable, retadora antítesis del fisiculturismo, dio la bienvenida a los visitantes de Ceculpa (Centro Cultural Patafísico), al vivero anexo (Lindas matas), y ofendió la pacata estética de los transeúntes vía a Filandia, durante meses.

Ay, Memo, ¡de qué te perdiste! ¡Si hubieras aguardado unos meses antes de emprender el concluyente viaje! La apoteosis turística de La Colina Iluminada, y algo de su brillo en metálico habrían tocado a tu puerta.

De entre el caudal humano, ávido de paisaje, de comida y bebida, del bazar cachivachero en que trocaron nuestros pueblos insignias, algo te habría tocado. No faltarían sensibles apreciadores de talento traídos por el azar o por referencias de terceros, todoterrenos con placas capitalinas, de Medellín o Cali, parqueados al lado de tu viejo Chevy Swift, dispuestos a adquirir, si no tus célebres embutidos a mano de pintor –de puro marrano vendo chorizos, repetías–, por lo menos algo de tu obra entre dadá y naíf, entre moderna y contracorriente,  entre expresionista y kitsch, pero en todo caso rebosante de color, deformidad y minucia; genuinamente patafísica. Un patafísico, decías, es la sopa en la mosca, un cuello de ahorcado, el nudo desatado, un verdugo de horizontes, la panela que cicatriza. Quién sabe, quizás te hubieran traído buena yerba y aguardiente para gozarse el negocio…

Hoy debimos sumarnos a una lentísima fila de automotores para poder ingresar a la otrora pacífica Filandia, hoy día salentizada. Entre el caos  desatado por hordas foráneas, estacionadas en cuanto resquicio hallaron, cerrados los accesos al parque central y la vía principal, esquivando vehículos en contravía, resultaba imposible hallar trazas de nuestro antiguo poblado.

Claro, yo mismo, hace la friolera de un cuarto de siglo, fui también advenedizo paseante en su retícula urbana. Durante ese lapso he disfrutado incontables veces de sus vistas panorámicas desde los miradores públicos ahora copados por montajes comerciales. No tardarán en ponerle tarifa a la observación del cercano noroeste quindiano, del extremo sur de Pereira.

Ante la imposibilidad de atravesar el casco urbano para tomar la vía a Quimbaya, debimos resignarnos a regresar por donde vinimos. Henos acá, maestro Memo Vélez, detenidos frente a tu refugio de artista, a la sencilla pero eficiente estructura de madera de la cual fuiste arquitecto, ingeniero y obrero raso.

Aquí residieron en patafísico amanguale, las angustias y vacíos de los últimos días, la persistente fumarola de tu escape, las noches etílicas, tu generosa y surtida mesa, los objetos artísticos por obra y gracia de tu mano fértil, tus heterónimos Pessoas, tus indios Pielroja, poetas y teatreros, la  Cocina de doña Yolanda, tus telas colgantes…

¡Pintaste, Guevón, hasta la muerte!

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