Lunes, 18 Dic,2017

Opinión / OCT 12 2017/ Comentarios

Recordemos a Nietzsche

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Gabino González

"Hay dos moralidades, una de señores y otra de encadenados. Lo bueno según el amo, es pecado para el siervo".


Toni Llácer recuerda que Federico Nietzsche (1844-1900) critica los prejuicios morales porque condicionan, reflexiona el camino hacia un espíritu libre de servidumbres religiosas a través del pensamiento científico y aclara que la ética de Sócrates, Platón y Cristo sujeta la vida con la promesa del más allá.

Amigo de Ricardo Wagner, comenzó a filosofar cuando leyó a Arturo Schopenhauer que partió de Kant e influido de creencias de oriente combatió el idealismo alemán por construir majestuosos edificios conceptuales que eran solo abstracciones vacías alejadas de la existencia.

Nietzsche edifica su monumental obra en tres personajes. Con el dios griego Dionisio demuele la cultura moderna enferma de racionalismo o doctrina que rechaza la revelación y explica todo por medio de la razón. Con el profeta Zaratustra enseña el modo de superar la metafísica, el nihilismo; cambia el “tú debes” por el “yo quiero” y anuncia el superhombre que no es el individuo sino una etapa superior de la humanidad. Con el Anticristo refuta al cristianismo y concibe un ser humano que tiene como única ley su propia voluntad de dominio.

Con esas tres figuras contradice las ideas que restan importancia al tránsito vital a fin de que el hombre sea capaz de acoger la pluralidad, el porvenir, la contradicción, el caos y el azar.

La enseñanza nietzscheana no se ocupa de la escasez de los trabajadores al estilo de su coetáneo Marx, sino de la pobreza espiritual de los intelectuales.

Padre del posmodernismo y azote teórico de la Iglesia Católica, atacó su moral de esclavos. Hay dos moralidades, una de señores y otra de encadenados. Lo bueno según el amo, es pecado para el siervo.

Fabio Vélez -acorde con Nietzsche- dice que el débil requiere de consuelos celestiales, es temeroso y cobarde, necesita de premios y castigos eternos, de una vida futura que lo libere del pavor de la muerte. Crea cielos e infiernos, mantiene en las nubes, es soñador, sin energía para aceptar el diario vivir con toda su dureza y toda su grandeza.

El dominante no imagina, está alerta, sabe que el sentido de la tierra es el mismo y no las ficciones poéticas que los pusilánimes de todos los tiempos han llamado dios; está solo y la soledad es la medida de su enormidad.

Dios existe en la mente de algunos, pero va muriendo como ya sucumbió en muchos que despertaron del sopor en que vivían. ¡Somos los asesinos de Dios!


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