Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / SEP 12 2018

Relato de armas

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hagan de cuenta, amigos, como en las películas. En medio de la balacera, un soldado se descolgó del helicóptero. Con un brazo se agarraba a la manila mecida por los vientos cruzados del cañón; con el otro sostenía el fusil y disparaba. Jamás pude saber la identidad de ese valiente. En un parpadeo nos abrazó con correas enganchadas a la cuerda sin dejar de disparar, mientras el helicóptero ascendía librándonos del infierno. El aparato ganó altura, dio un giro, y desde sus soportes, bajo el fuselaje, salieron disparados dos cohetes hacia el flanco opuesto, donde se concentraba el enemigo. Nunca se supo cuánta gente de la guerrilla murió, pero debieron ser bastantes. Cómo pudieron bajar el capitán de la Fuerza Aérea y el valiente soldado en un espacio tan reducido, con viento fuerte, en medio del caos, rescatarnos al cabo herido y a mí, sigue siendo inexplicable.

El relato del ochentón de digno atuendo, ausente cualquier afán protagónico, brota despacio, sin apremio. Repantigado en una de las jardineras del recién remodelado parque central, Agua de Dios, Cundinamarca, bajo la sombra de un almendro, bastón y empuñadura sosteniendo sus manos, por instantes el mentón, frente a la efigie de Luis A. Calvo, accede al monólogo a instancias de la curiosidad del poeta Senegal y de la mía. Tras la pregunta por la ubicación del hospital donde aún tratan el mal de Hansen, nos ha respondido divagando acerca del pueblo y sus trazos generales. ¿Qué nos condujo al recuento de hechos y lugares donde su vida dio un giro dramático hace casi medio siglo? No lo recuerdo.

Se lo advertí al subtenientico recién desempollado: no entremos al cañón sin apoyo aéreo; contamos con indicios de presencia enemiga, el camino es estrecho, alta la vegetación, y no hay refugio posible ante un ataque masivo. Pero no; se obstinó en avanzar a toda costa, buscando condecoración, arriesgándonos a todos. La emboscada les salió perfecta, nuestras bajas fueron muchas; sin la llegada de los helicópteros y el contraataque, la carnicería hubiera sido peor. A mí me llevaron al hospital con heridas menores; al compañero de rescate le fue peor, pero sobrevivió. El oficial a cargo me culpó del desastre; vino el concejo de guerra en el cual renuncié a defensas; devolví uniformes, armamento, insignias. Luego de muchos años de servicio abnegado, recibí el peor trato. No volví a recibir un centavo del Ejército. Uno de mis hijos, a quien poco puedo ver, ironías de la vida, siguió la carrera militar. Hoy es general de la República en el arma de inteligencia. Hace algunos años promovió la revisión de mi proceso; fui exculpado, indemnizado y repuesto con máximo grado de suboficial. Cuando finalmente giraron esas platas, di instrucciones: busquen al soldado que salvó mi vida y al cabo sobreviviente; a cada uno les dan una parte. Yo no quise nada.

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