Martes, 15 Oct,2019
Opinión / SEP 18 2019

Sí a la política

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

¿Son las elecciones a cargos administrativos y de representación en Colombia, sólo un evento para renovar bandas de pillos o bandadas de aves de rapiña en busca de sus presas?, ¿quiénes sostienen que la pudrición total se tomó la política en nuestro país y que solo ellos, los puros, intachables, los receptores de fajos de billetes y ‘chuspas’ en la penumbra, pueden salvarnos de la debacle para conducirnos por las promisorias sendas castrochavistas?

Contrario a la opinión general sobre los políticos y su maliciado maridaje —muchas veces fehaciente— con la corrupción, entre otras inmoralidades atribuidas a ellos, siento como deber elemental, dentro del marco de convicciones democráticas, conservar reservas de confianza, de credibilidad, hacia las personas que deciden hacer del servicio público su actividad principal. Presumir sin fórmula de juicio que la generalidad, si no la totalidad de quienes dedican preparación, esfuerzo y convicción al ejercicio de cargos públicos, sea por vía electoral o de nombramiento, son de una u otra forma, agentes delincuenciales, es injusto e insensato. Me obligo a creer en la rectitud y transparencia del político como fundamento de sus aspiraciones. Mientras no se demuestren de manera inequívoca actos u omisiones contrarios a la ley, los políticos, como cualquier otro individuo son inocentes. El chisme, la conseja, en muchas ocasiones empleados como arma moral contra enemigos circunstanciales, se prestan para juzgar y condenar  a personajes con alguna figuración, sin que medien los pasos procesales debidos, vulnerando su integridad moral, destruyendo vidas, trayectorias limpias de servicio a los demás, a capricho de anónimos ofensores. Es una realidad: muchos de los aspirantes a cargos de elección, siguiendo el mal ejemplo de antecesores, ven en el desempeño de funciones oficiales, la oportunidad del corsario frente al botín, máximo anhelo personal —la trayectoria histórica del Quindío abunda en casos semejantes—; pero ello no implica que las elecciones de funcionarios o cuerpos colegiados estén viciadas desde su misma raíz, desde su esencia democrática. Así como la semilla del mal germina, la del recto proceder también se abre paso entre malezas y clima hostil. Una de las responsabilidades —quizás la de mayor importancia social— de las nuevas promociones de activistas políticos, de quienes finalmente resulten elegidos en los próximos comicios, es precisamente recobrar la dignidad de las instituciones a través del recto actuar, de la vigilancia y control de los recursos públicos para que estos se apliquen con corrección al bienestar común. Que el ciudadano compruebe un cambio de paradigmas, de intenciones, en quienes ejercen la política, atenido a hechos, no a discursos. Hace mayor daño que la corrupción misma, creernos condenados sin remedio a la descomposición ética de nuestros políticos.   

 


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