Opinión / Abril 21 de 2017 / Comentarios

Sin exagerar…

José Jaramillo Mejía

Una columnista de El Tiempo aseguró que su padre le daba a la exageración la calidad de mentira. Y detrás de esa aseveración soltó como ejemplos informes oficiales que se desvían de la verdad, para que las realidades sean menos crueles. “La puntica no más”, prometen los galanes a las doncellas que tratan de seducir. Es decir, que los datos muestren apenas un poco de las variables sociales y económicas más sensibles. Para hacer causa con la columnista de marras, hay que afirmar que las realidades socio-económicas manipuladas por los políticos terminan en mentiras que buscan mejorar otras estadísticas, como la imagen de los gobernantes, que se convirtió para éstos en obsesión; para los medios de comunicación en material escandaloso, que es el que mejora la circulación y la sintonía; y para los encuestadores en un gran negocio. Lamentablemente, algunos mandatarios y altos funcionarios del Estado no actúan para ser responsables con la historia, sino para complacer a la “galería”, como hacían los emperadores en el circo romano, cuando enfrentaban a un cristiano armado con un limpiauñas a seis leones pasados de hambre y así, estimulando el morbo de la plebe, ganar popularidad. Ahora la cosa no es tan cruel. Basta con organizar festivales de rock y fiestas populares en los pueblos; armar rifirrafes fronterizos para exaltar el patriotismo de los pueblos; condecorar deportistas exitosos; y hacer presencia oportuna donde hay calamidades públicas, para mejorar el puntaje en los índices de popularidad de los gobernantes.

La exageración ha sido una característica de los paisas, como la hipocresía de rolos y patojos. Por esa razón, las historias populares de los antioqueños son más divertidas y sus empresas más grandes y exitosas, mientras que presidentes, ministros y embajadores han sido en su mayoría cundiboyacenses, especialmente bogotanos; y payaneses. La característica de éstos es que normalmente no coincide lo que dicen con lo que piensan. Aunque el mal se ha contagiado desde cuando Bogotá se convirtió en una ciudad de nadie y los provincianos se afincaron en la capital del país y aprendieron las mañas de los rolos. Hasta costeños de pura cepa asisten a las sesiones del congreso envueltos en una ruana boyacense. “Yo soy estadista en Bogotá y clientelista en La Dorada”, decía un senador especializado en hacienda pública, que ayudaba a los gobiernos a estructurar los presupuestos y así saber con certeza dónde iba a quedar la plata para financiar la burocracia y pagar los contratos. “Perro viejo late echado”, suele decirse; y también que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”, para ratificar que “la experiencia no se improvisa” y que “el que no oye consejo no llega a viejo”, aunque ahora los muchachos aseguran que todo está en Google.

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