Opinión / Septiembre 11 de 2011 / Comentarios

Sobre la guerra y sobre una injusticia

Jorge Arango Mejía


Sin que se supiera cómo ni por qué, de buenas a primeras, el señor Rivera llegó al ministerio de Defensa. Y, como era previsible, fracasó en su gestión. Bien ha procedido el presidente Santos al nombrarlo en otro cargo, en el cual tendrá más tiempo para descansar y pensar en sus futuras aventuras politiqueras.

Fue un cambio oportuno. Hay que confiar en que quien le ha sucedido enmiende el camino y no deje deteriorar la situación de orden público. Hay signos preocupantes. Veamos.

El departamento del Cauca sigue sometido a constantes ataques de los bandoleros de las Farc. No pasa una semana sin que se conozcan nuevos desmanes de estos criminales.

En Córdoba también hay crímenes frecuentes. Esto llevó a la gobernadora a reclamar mayor atención de la fuerza pública. Sus declaraciones produjeron causaron la reacción del entonces ministro. Finalmente, hubo que aceptar que la funcionaria tenía la razón y que sus protestas eran fundadas.

Alguien que conoce esa región, me ha dicho que Puerto Boyacá, que disfrutaba de la paz, soporta ahora el asedio de maleantes que antes pertenecieron a las bandas paramilitares. Están dedicados a la extorsión, y si no se combaten eficazmente, harán invivible la región.

A propósito. Si el ex presidente Uribe insiste en que algunos comandantes de la principal organización delictiva, así como del ELN, están en Venezuela, sus afirmaciones merecen investigarse. El afán de cultivar buenas relaciones con el régimen de Chávez, no puede convertirse en una venda que impida verificar la realidad.

En estas circunstancias, no están dadas las condiciones para hablar de la paz con las organizaciones criminales. Solamente cuando hayan sido derrotadas completamente y estén a las puertas de su desaparición, se despejará el camino. Si el diálogo se intenta antes, se corre el riesgo de repetir las torpezas del Caguán, causantes de muertes, secuestros, aumento del tráfico de estupefacientes y tantos otros delitos.

Es necesario hacer un balance real de las organizaciones delictivas. Saber cómo están, cuáles son sus puntos débiles, en qué son fuertes. Así podrá diseñarse una estrategia para su total erradicación. La gente está cansada de los anuncios periódicos de que estos grupos han perdido miles de combatientes, mientras sus hazañas criminales demuestran que conservan su capacidad de hacer daño.

Hay una guerra que no se gana con declaraciones altisonantes sino con hechos. Seis meses antes de concluir el gobierno de Gaviria, su ministro de Defensa afirmó que en ese término las Farc desaparecerían. Y ahí están haciendo de las suyas, tan peligrosas como siempre. Años después otro ministro dijo que en un año no habría una mata de coca en el sur del país. Y resultó cierto: no hay una sino millones.

Se consumó la injusticia
En 2007, cuando se condenó a Alberto Santofimio Botero por el asesinato de Luis Carlos Galán, escribí que se había cometido una injusticia, pues aquél no había tenido ninguna participación en ese crimen. Y lo sigo creyendo. Infortunadamente, la Sala de Casación Penal ha revocado la sentencia absolutoria dictada por el Tribunal Superior de Bogotá y lo ha condenado a veinticuatro años de prisión.

Leí las sentencias de primera y segunda instancia y también la de casación. Esa lectura fortaleció mi convencimiento: Alberto Santofimio no cometió el delito por el cual ha sido indebidamente castigado. La sentencia de casación está llena de consejas y tonterías. Baste decir que solamente la muerte salvó a Hernando Durán Dussán de una sentencia condenatoria en este caso, pues uno de los testigos mentirosos lo señala como participante en la conjura que causó la muerte de Galán.

Tanto se ensañó la Corte en Santofimio, que hasta exploró sus pensamientos, como consta en el fallo: “…realmente el ánimo de Alberto Rafael Santofimio Botero estaba plagado de sentimientos de odio para con aquél (Galán)…” ¿Desde cuándo los magistrados disponen de aparatos que les permiten escudriñar el cerebro de las personas que han de juzgar?
Se ha escrito una página de infamia que nada borrará y que siempre será una mancha en la historia de nuestra maltrecha administración de justicia. ¡Que Dios se apiade de quienes la escribieron?


jorgearangomejia@yahoo.com

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