Jueves, 22 Ago,2019
Opinión / ABR 10 2015

Tiempo reunido

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Los poetas del Quindío, con excepción de Gustavo Rubio y Carmelina Soto, no reconocen a Armenia como sitio de sus afugias. Marc Augé decía de los escenarios sin identidad, los de paso, como los no lugares, espacios desangelados y desprovistos de narrativa vital.

El hecho de que Armenia viva entre la quietud y el rumor de sus alcantarillas, como antesala del movimiento, convierte a sus calles, a sus cañadas, en la imagen de una flor a punto de estallar o en una casa que, removida de sus cimientos, cae a los pies de sus niños. 

Es una ciudad que, después de la lluvia, emerge de sus letargos para contarnos de sus desvelos; de sus calles ciegas, de sus árboles tremolantes en el barrio las Acacias, siempre amenazados por un hacha. Armenia es lugar de nuestras fantasías, la ciudad invisible de Calvino, o el paisaje del tiempo transcurrido en un libro de poemas. En la vida real, como ciudad emboscada, también cuelga a sus hijos del palo mayor de las desdichas.
Tiempo reunido de Juan Aurelio García, libro publicado por la Gobernación y la Universidad del Quindío, es bello. De sus poemas brotan historias en cascada, quietos puñales, surgidos de la noche, que nos ponen contra la pared de nuestras certezas.

Tiempo reunido es la historia desolada de Armenia, relatada desde el ruido de sus casas, de la nostalgia de un patio o de las trazas de una mano de mujer que riega las matas mientras el poeta celebra la sencillez de la vida, y dice: “las ventanas de mi casa/ permanecen abiertas/ávidas, curiosas, indiscretas/mientras el resto del vecindario/se sigue comportando/ como en tiempos de la peste/”.

En la primera parte del libro, en Noticias de Suburbia, cuenta el destino de sus parajes: “Una casa vieja es una abuela/ a quien se le han ido del todo sus hijos/”. Juan Aurelio nos dice de las ausencias, de quienes salen para conquistar sus sueños, porque en el paraíso no hay cama para tanta gente. 

En todos los poemas de Tiempo reunido habitan tristezas leves, conversaciones truncadas, pequeños desencantos, tenues alegrías, emociones casi imperceptibles pero poderosas: “De una ventana va brotando un brazo/ y otro de la cópula de la arena y el ladrillo/ por alguna grieta de la reseca pared/ Milagro comparable al de ciertas plantas/ que surgen de las fisuras del asfalto/algunas incluso con el descaro de florecer/ y hasta prometiendo futuro/”.

No puedo recomendar la lectura de Tiempo reunido para quienes celebran la ciudad de hojalata, el paraíso de mentiras que nos fabrican algunos políticos y los escritores oficiales del engaño colectivo; si, claro, para quienes deseen compartir las angustias de unos muchachos, solitarios, que no encuentran ilusiones entre las cuatro montañas que nos circundan. Niños grandes que se empeñan en lapidarse por cuenta del color de un equipo de fútbol, como lo sugiere el poema Muerte al verde en el baldío.

A mi modo de ver, Juan Aurelio, portavoz de la ironía y el desencanto —como lo dice un prologuista de su libro— es el poeta de nuestro tiempo. Nuestro poeta: quien al mirar, al mirarse, nos dice.


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