Nunca los seres humanos habían vivido tan unidos y al mismo tiempo tan distantes, ya que mientras los espacios se tornan cada vez más escasos para albergar a tanta gente, las prevenciones hacen que los individuos creen barreras entre sí, como simples desconocidos; estas distancias físicas y abismos humanos son imposibles de superar por medio de preceptos presentados en manuales de relaciones humanas, porque son resultado del inevitable y desmesurado crecimiento de los centros urbanos.
Consecuentes con esta nueva realidad derivada del galopante fenómeno de la masificación, las personas se hacen cada vez más individualistas, egoístas y egocéntricas, hasta el punto de aparecer retraídas y poco sociables.
Si una de las características del mundo contemporáneo es el desconocimiento recíproco entre las personas, entonces surge la desconfianza como escrúpulo generalizado capaz de obstaculizar cualquier intento de relación interpersonal.
Esa soledad como condición de la existencia humana se diferencia de la soledad buscada que consiste en propiciarse el alejamiento indispensable para lograr propósitos proporcionales a la grandeza de seres superiores, como lo afirmara Federico Nietzche.
Ahondando en el análisis de la soledad, además de la asocialidad, la timidez y la inseguridad, aparece en el fondo de muchos individuos el miedo al rechazo como antecedente de su ensimismamiento, situación que podría solucionarse con la aceptación incondicional de las personas tal y como son, ya que es el ser humano capaz de fortalezas y debilidades el que importa, no una simple pretensión inconmovible, insensible y estereotipada.
No porque en Colombia se haya escrito Cien años de soledad es por lo que nuestro país merezca ser identificado como tierra de soledades sino porque cada día se confirma que este estado invade el núcleo primario de la familia donde cada quien anda por su lado, donde las calles, zonas comunes y centros de concentración permanecen atiborrados de seres humanos rumiando soledad.
Es porque ya nadie tiene tiempo para saludar, para compartir, para dialogar, para interactuar, ya que hasta el sencillo acto social de visitar a los demás, pasó a formar parte de las trivialidades de otros tiempos descartadas por desuso.
Retiradas, ensasilladas, enclaustradas, encerradas, aisladas e incomunicadas, las personas se dan el lujo de evitar la confrontación y reclamar el supremo derecho de ser depositarias de su verdad personal, que por ser exclusivamente suya, es relativa y, por tanto, no es la verdad.