Opinión / Marzo 20 de 2017 / Comentarios

Una verdad incómoda o una mentira soterrada

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Gonzalo Alberto Valencia Barrera

La prolongación del caso Odebrecht hacia la campaña presidencial 2010 de Santos ha puesto en primer plano un nuevo episodio del yo no sabía, todo se hizo a mis espaldas, no contaba con mi aprobación y ahora el presidente  dice “me acabo de enterar”. Por supuesto existe el inventario de la duda, pero corresponde a las autoridades pertinentes desvelar el misterio encerrado.


En su afán de asegurar los resultados a favor los miembros de las campañas suelen hacer jugadas riesgosas, a veces sin darle conocimiento al candidato. Sobre todo en segundas vueltas donde hay que acudir a una serie de componendas y de arreglos con tal de conseguir la victoria electoral. Bienvenidas se vuelven todas las propuestas y aún así exista un comité de ética, éste pasa a un segundo plano y es ahí donde se pierde el hilo de la cordura.

Bien lo decía Antanas Mockus, los afiches que pagó Odebrecht no hubiesen alterado el resultado final; sin embargo, agrego, si manchó la moral. Se sabía de antemano que se podrían violar los límites de financiación electoral, que incluso no eran aceptadas sumas provenientes de empresas que probablemente irían a condicionar al futuro gobierno, pero ocurrió. Se juega al albur de que nada pasará, nadie sabrá, no tiene por qué saberse, y así otras justificaciones para el erróneo proceder.

Las primeras reacciones de los implicados son exactamente negar los hechos, pero con el correr del tiempo suelen quedar hundidos al ser cogidos en la mentira. No entiendo porqué no asumir de inmediato la verdad, aún así sea incómoda; se prefiere mentir. Eso le daría la opción de explicar, de cara a la nación, lo que realmente aconteció. Pero no, lo que se hace es levantar cortinas de humo que aumenta el desprestigio, deslegitima el gobierno y propicia el pedido de renuncia por parte de sus contradictores. 

Desafortunadamente el país entra en incertidumbre y ese clima sí que le hace daño a la institucionalidad.

Nuestro país va de escándalo en escándalo, gobierno tras gobierno, y así se preguntan los dirigentes el por qué de la apatía ciudadana. Si ellos no dan el ejemplo y la talla, mucho menos podríamos esperar de nuevos gobernantes.

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