Martes, 18 Jun,2019
Opinión / ENE 11 2019

Venezuela humillada

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Amor no quita conocimiento, en especial cuando se trata de la sociedad que nos corresponde vivir. Una comunidad ahíta de inequidades, asentada en un territorio cuya belleza obnubila la mirada.

Resulta que uno descubre que la tierra hollada emana pestilencia, así los ojos nuestros de cada día estén posados en el paisaje, en un bosque espeso, en una playa extensa, en una mar intensa, en fin, así nuestra visión se regodee con los milagros de una naturaleza exuberante, ya no virginal pero bella, profunda en su semántica de paraíso perdido.

El asunto emana miasmas en el vocabulario, tendido bajo un cielo sucio. Hay colombianos de mano en pecho, patriotas y patrioteros que piensan que el solo hecho de nacer más abajo de Punta Gallinas, en La Guajira, ya determina el privilegio de una Nación que aún no se respeta a sí misma. 

Para vergüenza común los colombianos nos apaleamos con los actos. Una mayoría, casi indolente, piensa que un proceso de paz, más allá de evitar muertes, es una suerte de papel sellado de formalismos divisorios; otra mayoría, cercana al cinismo, deja de enlistarse contra los corruptos, y sin más permite que el gobierne mire para otro lado y silbe sus canciones distractoras, en sus reuniones faranduleras, mientras los contratistas tiburones esquilman al tesoro público; y otra caterva de ciudadanos, negligente, acepta como ovejas que van al matadero el dominio de unas élites financieras que nos ahogan.

Todo está permitido, todo vale para unos pocos, en tanto buscamos después de doscientos años la esencia de algo que perdimos, de un remoto ser que intuimos, y que deberíamos entronizar como herederos de una tradición de Occidente que nos inserta en las lógicas de la razón y en las proclamas de libertad ciudadana, luego de la revolución francesa. Somos algo, alguien, que no terminamos de ser.

Ahora bien, nadie nos puede quitar ese destello de humanidad que nos acompaña y estimula cuando, a pesar de muchos, casi todos queremos entender y ayudar a los venezolanos que huyen de la izquierda fosilizada y cruel de los bolivarianos. 

Es increíble y admirable ver cómo los colombianos, sin permiso o con la anuencia del gobierno de turno, hemos entendido que más allá de la política o de la geopolítica, las personas que transitan nuestras carreteras necesitan agua, requieren alimento y algún cobijo, y pueden ayudarnos a cavar nuestros sueños en terreno propio.

Hace decenios, cuando los colombianos éramos expulsados de este país —más de siete millones doscientos mil desplazados—, por la guerra intestina que aún niegan algunos, fuimos recibidos con los brazos abiertos en el país de origen de Simón Bolívar, acogidos sin reservas por una Nación hoy desbaratada, destruida por la incompetencia de quienes, sin pena, se autoproclaman voceros de un pueblo que los repudia en buena parte.

Enorgullece ver cómo millares de colombianos —apartados de cualquier arrebato xenofóbico— salen a las carreteras o a los parques a apoyar a la Venezuela maltratada, humillada por Maduro y sus secuaces, los mismos que se parapetan, con sus crímenes, en la trinchera cavada por un Ejército cómplice.

En ese gesto continuado de acompañar a los venezolanos está la Colombia que nuestros hijos deben recibir: Un país solidario, dulce, sereno, que al mirar la naturaleza se entienda, por su autoestima, como parte de un todo.

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