El de aquí es un equipo usurpado, del que se apoderaron negociantes del fútbol que hoy son dueños de la empresa deportiva y de su autoridad. Se valieron de la desaparición del sentido de pertenencia en la región, especialmente en la ciudad y sacaron —aquí sí que se puede decir que a las patadas— a los quindianos que construyeron el equipo para gloria y patrimonio de la ciudad y la región quindiana. Los derechos del Quindío son ajenos, es decir no le pertenecen a la región, se perdieron por la intimidación ejercida desde el mundo de los negocios del fútbol.
Con el equipo ocurrió lo mismo que le ha pasado a miles de campesinos colombianos. En cualquier momento, el día que jamás pensaron que llegaría, fueron sacados de sus predios, desalojados de sus bienes y lanzados a la calle. Como si los quindianos fuéramos cosas. “El predio” se negocio con todo —hasta con el nombre de pila— y su tenedor final lo destinó a un cultivo particular, a un negocio suficientemente conocido por el poseedor y jefe. Se apoderaron del equipo Deportes Quindío, como se adueñan de la tierra los terratenientes gestores de corrupción y de maldad en Colombia. Levantaron el semillero y se dedicaron a la venta de cosechas biches.
La plata primero que todo. El patriotismo y la tierra como expresión de civismo y de sentido de pertenencia regional, al carajo. Ese no es el negocio, ni ahora las cosas del fútbol se manejan como anteriormente. “Siquiera se murieron los abuelos”, se alcanzaron a ir de este mundo antes de que el carriel dejara de ser bandera de otro tipo de colonizadores. Si quiera no les tocó a los dirigentes de hace unas décadas, lo que es hoy este negocio, esta empresa por la que no hay que sentir amor. Siquiera se fueron a descansar sin ver negociados burdos, sospechosos, por los que hay que sentir miedo o cuando menos temor. Distinto lo de ahora, a la época aquella en la que Josué Moreno J. se fue a inscribir ante la dimayor al equipo de Armenia.
En la ciudad —lastimosamente— se fue dispersando la clase dirigente posterior, la que mantuvo la vigencia del civismo, como cuando Silvio Ceballos Restrepo con un puñado de hijos de la tierra, quiso salvar al equipo de las garras feroces que ya se veían en el camino de la usurpación. Se fueron acabando las generaciones que reemplazaron a las primeras y quienes —cómo no reconocer—, a base de sacrificios habían defendido el bien hasta entonces con escritura a favor de la ciudad y del Quindío. Hay que ver por las que pasaron sus fundadores, los armadores del primer equipo y las penurias que subsiguientemente se fueron presentando y a las que se enfrentaron los líderes cívico sociales de Armenia, cuando todo se hacía por amor a la tierra y porque el equipo —Atlético Quindío y/o Deportes Quindío— era un emblema en el que estaba representada la raza, no los negocios particulares que llegaron después y por los que hubo que salir corriendo. Cada cual tomó su camino y la misma suerte corrieron los aficionados seguidores orgullosos de la camiseta que en el pasado representaba con legitimidad los colores del Quindío. Ya no están en la tierra los hombres que ayer tejieron sus sencillos trajes, con hilos que también tejían entre el pueblo las ruanas con las que se cubrían hombres con talante aventurero y con el genio creador que lo fue de la raza.
Se está liquidando lentamente el “Deportes Quindío”. Del equipo, de los dirigentes y aficionados de otros tiempos, ya no queda nada. La gloriosa prestancia de los líderes de ayer no cuenta hoy. Si pudiéramos salvar el equipo, le quedaría al Quindío el recurso de un jerarca del deporte, la presencia viva de Gustavo Moreno Jaramillo. Se pudiera salvar al Quindío, si la razón se impusiera, si volviera la dignidad a contar como elemento indispensable para poder izar con la altivez de la raza la bandera que fue estandarte de las glorias y conquistas del pasado.