Lo que se hizo en el concejo municipal de Armenia es un despropósito, pero ante todo, una prueba de lo que tantas veces se ha dicho que viene ocurriendo en estas corporaciones. Se trata de una situación que pone en evidencia como es que influye en el periodismo la forma de actuar de los concejos municipales, cuál es el concepto que desde niveles bajos de la política, se tiene del trabajo que en Colombia hacen los periodistas.
Someter a la suerte el puesto de comunicador del concejo de Armenia y asignarle a quien se gane la rifa el derecho a escoger al periodista con ese único origen, el azar, sin propósito ni objeto determinado y como si el puesto y quien lo ocupe sean simplemente cosas, resulta la mayor falta de respeto o irreverencia a una profesión de tan alto y honroso puesto en la historia de la democracia colombiana.
No ha dejado la politiquería en Colombia que los elegidos en el descompuesto formato clientelista y de compra y venta de sufragios entiendan cómo es que deben manejarse las relaciones entre la inteligencia y el poder para el control de la demagogia. La facultad de entender y comprender de los humanos, no se ofrece en estos círculos hasta los cuales ha llegado la descomposición total de las estructuras políticas.
Se requiere en una sociedad como la nuestra que el poder local de la política esté vestido de cultura y no desnudo como se demuestra en estos actos de rifas sucias y francachelas asquerosas. El sistema no deja saber de técnicas informativas, ni de libertad de expresión y mucho menos de líneas políticas frente a sus propias ideas. Sigue ocurriendo entonces que aquí y allá, en esta cosa indolente de los bajos tendidos de la política, quienes pierden en definitiva son los periodistas.
Sucede en este bendito país y en ciudades y regiones como la del Quindío que a la profesión del periodista se le manosea de cualquier manera; aunque en el periodismo hay quienes no se cansan de intentar objetivos que otras profesiones alcanzan más fácilmente, a esta profesión se le ofende y lo hacen los desadaptados de la moral que han conseguido y puesto a su servicio a correveidiles que no han podido ni querido entender, la trascendencia de la dignidad, de la moral y de la ética profesional. Por eso pasan estas cosas desafiantes y humillantes frente a las cuales están en el deber de reaccionar los gremios, eso sí, siempre y cuando puedan poner sobre la mesa ejemplos de dignidad absoluta. Si existen, lo tienen que hacer porque el periodismo como profesión está en todo el derecho de buscar y alcanzar sus objetivos.
El médico, verbigracia, le sirve a la vida sin más normas que las hipocráticas; los abogados sirven a la justicia, pero el periodismo resulta ser un trabajo por cuenta y bajo línea ajena según se desprende de la forma como en Armenia el concejo municipal procede para el nombramiento de jefe de comunicaciones de esa corporación. Aquí desafortunadamente hay escuderos ramplones, alineados de la disculpa, serviles que llegan al oficio entre las coartadas de las mezquindades y la corrupción politiquera y con la participación de ellos desde hace unos cuantos años, es como se vienen descomponiendo los valores de la nación.
Lo que ocurre con tanta frecuencia en el Quindío y en desmedro de los periodistas, se da paradójicamente y lo afirmamos así, porque no cesa en la sociedad el concepto —a propósito de la rama periodística— según el cual la profesión constituye el cuarto poder.
Este es un tema vivo y difícil. Tema de perenne actualidad lo ha sido siempre el referente a las relaciones entre la autoridad y el periodismo, entre la política y los medios, pero peor y mas complejo el manejo sucio y la manipulación que la politiquería le hace a la profesión, sin que en Colombia exista una institución definida para salvaguardar la honra, la dignidad, la ética y la moral de los periodistas.