Lunes, 22 Jul,2019
Opinión / FEB 04 2019

36 horas…

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Solo bastaron 36 horas sin servicio de agua para que los armenios recordáramos algo básico, la insuperable importancia para la vida de este líquido. No hay por encima nada que valga igual. Podemos vivir sin oro, sin divisas de exportaciones de aguacate hass y sin muchas otras cosas consideradas necesarias para el crecimiento económico y el empleo, pero nunca sin agua.

Después de largas horas sin que saliera el agua por los grifos, fueron tendencia  las expresiones de preocupación por su falta. En los condominios con tanque de reserva tardaron un poco más las quejas, al igual que en las casas que aún conservan tanques de agua de tamaño familiar que eran comunes en épocas pasadas. Exclamaciones como “sin agua Dios mío”, “eso del agua es bien preocupante”, “andamos sacando de un tanque de agua que ya se está agotando, después no sabemos qué hacer”. En las zonas residenciales de la periferia de Armenia se veían largas colas de adultos y niños recogiendo agua en recipientes aún después de haber normalizado el servicio. Un ciudadano quindiano decía “ahora es que nos damos cuenta que no sabemos cómo cuidarla”.

La última exclamación es muy pertinente, puesto que el agua y el servicio de producción y distribución es objeto de disputa entre distintos grupos de interés. La lucha por el agua se manifiesta en los debates públicos con diferentes posturas: en primer lugar, la necesidad de conservar  el medio ambiente en donde el agua es un elemento central, en segundo lugar, si impulsamos el progreso y el desarrollo con actividades productivas de alta demanda de agua y degradación del ambiente y una tercera sería, la de una fórmula intermedia que supere el dilema de conservación versus desarrollo.

Hasta ahora en el Quindío esta última alternativa se ve lejana, puesto que los voceros de cada una de las posiciones no se les nota ánimo de diálogo. Los representantes de los intereses empresariales y de estímulo a la inversión se preocupan por el agua en cuanto factor de producción, mientras los representantes del ambientalismo estiman que el agua es un líquido vital para consumo humano y que el modelo de desarrollo es contrario a este principio.

Mientras tanto los organismos estatales y las autoridades gubernamentales se debaten en una dudosa ambivalencia que finalmente favorece los proyectos de inversión, puesto que están inmersos en un contexto global que feria los territorios a favor de la confianza inversionista.

El problema es que venimos normalizando la idea de que la inversión en nuestro territorio encuentra muchos obstáculos según los dirigentes gremiales: que no hay seguridad jurídica, que no encuentran personal calificado, últimamente el alcalde de Armenia salió con la absurda idea que a la gente no le gusta trabajar y para rematar dicen que hay muchos condicionamientos y normas ambientales que hacen costosa y traban la inversión; y argumentan la necesidad de estimularlos por su aporte al producto interno bruto, el empleo, los tributos, etc. Así es fácil concluir que hay que feriar el territorio subestimando la importancia del impacto que tiene sobre los recursos y bienes de uso colectivo.


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