Martes, 18 Sep,2018

Opinión / AGO 29 2018

¿A cambiar entonces?

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La corrupción es el producto de una acción, un comportamiento, una costumbre en la que la deshonestidad es el marco general. La formación en los principios y valores que deben ser los que protejan al individuo y a la sociedad se imparte a través del buen ejemplo, primero que todo, o sea, la forma como los niños ven y viven a sus mayores: papás, maestros, pastores o sacerdotes, gobernantes y en general, los seres que forman parte de su entorno. ¿Eso se corrige con un estatuto anticorrupción?

Las personas, que en su esencia tienen arraigada la combinación del engaño con la ‘sagacidad’ que en nuestro medio se celebra, se confunde y se trata de mitigar dándole un remoquete como el de ‘malicia indígena’, no van a cejar en su conducta deshonesta sencillamente porque se hizo una consulta anticorrupción. La realidad es que desde los mandamientos que Dios le entregó a Moisés, en la época del éxodo de los judíos, está muy claro el estatuto anticorrupción. El problema radica en que no se aplica la ley de manera correcta, juiciosa, imparcial, justa, equilibrada y obviamente reescribiendo lo mismo, de otra manera, pero al fin y al cabo lo mismo, nada cambia porque la esencia sigue siendo igual. La justicia en manos de injustos o la legislación en manos de escabrosos: eso no estaba en los siete punticos.

En la medida en que siga habiendo un grupo de personajes gritando, vociferando ser los buenos, los salvadores, los adalides del bien, es más que claro que el protagonismo es su máxima intención. Ese tipo de conductas narcisistas solo muestran el desorden y la rabia que hay en sus almas y por lo tanto el tema de la anticorrupción no les corresponde: nada más corrupto que engañar y manipular a las personas, al estilo de muchos de esos pastores o curas, que se apoderan del temor y el cansancio de sus semejantes para promocionarse como los redentores: con gran frecuencia están más enredados y confundidos que sus ovejas. Y ojo: el pastor dañado hace mucho más daño que una oveja descarriada.

Solo valía la pena salir a la urna para decir una y mil veces: No a la corrupción, no a la mentira, no al robo, no al mal ejemplo, no a la manipulación, no a los falsos testigos. No al doble mensaje, no a la impunidad, no a la discriminación, no a los ‘buenos versus los malos’. Y no a hacerle el juego a unos cuantos llenos de maleza, igual que la mayoría de la clase política que se resiste a renovarse: no a cambiar el sistema, eso no es: hay que cambiar a muchos actores de derecha, izquierda o centro igual de ‘vivos’ y feroces. 

Ya es suficiente con ese cuento. Es grave lo que ocurre pues ya no es asunto de ideología de partidos, o de esquemas de gobierno: ahora se trata de rebelión contra la suciedad, que al parecer está cubierta por cualquier color: Clama la responsabilidad con la patria, mientras se sanean los partidos y vuelven a su esencia.


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