Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / ABR 16 2017

¿Administración de justicia? ¿O descarada injusticia?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Escribo lo anterior, no porque sea experto en la historia de Roma, pues no he dedicado mi vida a estudiarla, razón que tampoco justificaría la pretensión de serlo, tan vasta como es.


SI  he traído a cuento la frase que encabeza este escrito, ha sido únicamente para referirme, como no me cansaré de hacerlo, a los errores y paradojas de nuestra maltrecha administración de justicia, que de tal ya no tiene sino el nombre. Veamos.

La Tebaida, hoy  próspero municipio,  es una pequeña ciudad, de unos 35.000 habitantes. Hasta 1954,  fue corregimiento de Armenia.

Ancízar Quintero Quintero es  un buen ciudadano. No de otra manera se explica que haya sido cuatro veces alcalde de La Tebaida. La primera, a comienzos de los setenta del siglo pasado, nombrado por el gobernador del Quindío, pues no existía la elección popular de tales funcionarios. Después,   tres veces sus conciudadanos lo eligieron para regir los destinos de La Tebaida. Él mandó, gobernó, administró en buena forma los asuntos municipales. De otra manera no se explica la persistencia de los electores en elegirlo.

Le conozco hace años, y pienso que una de las razones del arraigo popular de Quintero, pero no la única,  fue el trabajo constante de su mujer a favor de la Tebaida, y en particular de los más necesitados.  Edy Segura Bedoya no solamente cumplía sus deberes de esposa y madre. Incomodaba, asediaba, importunaba, perseguía a cualquiera que a su juicio pudiera hacer algo por La Tebaida, por los campesinos, en particular, por los más pobres. 

Cada año, desde un mes antes del Día del Campesino , ella iba de finca en finca, de casa en casa, demandando la colaboración de todos los que, a su juicio, pudieran ayudarle. De pocas salía con las manos vacías: solamente unos cuantos finqueros, reconocidos públicamente por su avaricia, se hacían los sordos ante las súplicas de esta mujer incansable.

Finalmente, en octubre de 2003, fue elegida alcaldesa de La Tebaida. Y cumplió sus funciones durante los cuatro años: trabajó duro, sin pausas, sin vacaciones, sin pereza, sin cometer la menor falta. Siempre sirviendo  a los más pobres. Siempre en beneficio de su pueblo. Así la vi, de esa manera obró.

Pero una pareja tan querida por las mayorías, no podía carecer de enemigos, envenenados, acaso, por la envidia. Y estos adversarios, una vez terminadas las funciones públicas de Edy Segura, escudriñaron, revolvieron papeles, buscaron,  con lupa y con rabia. Y encontraron un supuesto delito: haber  celebrado un contrato estatal sin estudios previos. ¿De millones de pesos?  ¿Se trató, por desventura, de la venta de un valioso terreno que le pertenecía al Municipio? No, mi mucho menos. Asómbrese el lector, si aún, cansado de enterarse de escándalos, no se le ha agotado la capacidad de asombrarse, no ha perdido la sensibilidad de la injusticia.

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