Jueves, 18 Jul,2019
Opinión / FEB 28 2019

Amante judía del nazi Heidegger

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Los temas centrales de la teorizante política hebrea nacida en Hannover, Alemania, Hannah Arendt —1906-1975—, son acción, revolución, poder y violencia, pero diferente a Platón que preguntó por el individuo en singular, no en plural.

Cristina Sánchez dice que Arendt en el libro Los orígenes del totalitarismo, comprendió el mundo donde habitaron Hitler y Sócrates. De 14 años leyó Crítica de la razón pura de Kant, Concepto de la angustia de Sören Kierkegaard y Psicología de las concepciones del mundo de Karl Jaspers. 

Con 18 —resignando sus preferencias— intimó en demasía al existencialista, casado, bestia tenebrosa detrás del nazismo Martín Heidegger —1889-1976— de 36, filósofo de la universidad de Friburgo. En Arendt, el sentimiento destronó a la razón. Los padres ocultaron su origen, reflexionaba como alemana. Doctorada a los 22, con la tesis Concepto del amor en Aurelius Agustinus llamado San Agustín —siglo IV d. C.—, primer ideólogo de la iglesia. 

El poder es elemento central de la concepción arendtiana de la política; surge al juntarse los humanos en modo concertado, no es propiedad de alguno, pertenece al grupo y existe mientras esté unido. Los dispersos son dominados ya que dan la espalda a los asuntos estatales, su autoaislamiento genera peligro, deja el espacio a los malos que se apoderan del gobierno. 

Arendt aceptó los descendientes de Sem en suelo teutón si no pretendían un Estado en Palestina. El revolucionario es un conservador radical el día después del triunfo. Poder es realidad en el momento que palabra y acto no se separan; si el grupo que lo ejerce se disuelve, desaparece. Mando y fuerza son fenómenos opuestos, esta surge cuando aquel está en peligro. Estados Unidos la asiló en 1941; en periódicos opinaba junto a Thomas Mann, Albert Einstein y Stefan Zweig. 

El primer ministro de Israel, David Ben Gurion, secuestró y llevó dopado secretamente a Jerusalén en avión —1961— al coronel Adolph Eichmann, de 56 años, escondido en Argentina desde la derrota del nazismo —1945—, para enjuiciarlo porque horneó miles de judíos. Arendt expresó que ese hombrecillo casi tonto era inocente, no merecía el colgamiento, solo cumplía órdenes; lo que ofendió a su raza por traidora. 

Culpó a los consejos judíos, integrados con israelíes eminentes, administradores de los campos de exterminio, pues cumplían muy rápido las órdenes hitlerianas multiplicando el número de achicharrados.


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