Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / AGO 20 2018

Amor sin muerte

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cada vez que se escucha en las noticias que una persona —en este caso una mujer—, recibió las últimas palabras que escuchó, de la misma boca que le regaló besos y conoció la muerte en las mismas manos de las que experimentó caricias, un hielo sepulcral cobija el alma y un desconcierto sin nombre agobia el pensamiento.

¿Cómo es posible que el amor, emoción sublime que permite que cada ser humano florezca y sea feliz; se convierta en fuente de dolor y pérdida? ¿Cómo puede alguien que dice amar, propinar la muerte, por la razón que sea: celos, inseguridad, abandono o rabia? ¿En qué momento la mayor fuerza humana conocida, se transforma en la destrucción rotunda? ¿Qué hace que la ternura, la pasión y la alegría, tomen forma fantasmal y degeneren en violencia, agresión y asesinato?

La circasiana Angie Carolina Cossio Agudelo, de 19 años de edad, fue víctima de homicidio, perpetrado por su pareja sentimental, un hombre de 30 años de edad con quien convivía.

¿Saldo? Una vida apagada, una huérfana con tres años de edad, una madre sin hija, una casa vacía, un silencio que no termina, un hombre en la cárcel y una sociedad desconcertada.

¿Hasta cuándo? ¿Qué nos pasa? Estamos locos, desquiciados, desequilibrados, desubicados o simplemente, perdimos la dimensión del valor de la vida —hablo en colectivo, porque lo que ocurre con uno, nos debería confrontar a todos—.

Requerimos amores sin muerte, que mientras duren, sean fuente de las cosas mejores, que se sustenten en el respeto, la tolerancia, la comprensión y el diálogo y que, al llegar el momento del adiós —si ocurre—, tengan como opciones la gratitud y la aceptación, la posibilidad de continuar el camino en soledad —o en otra compañía—, empacando en la maleta, tan solo los recuerdos de buenos momentos compartidos.

Nadie —mucho menos quien ama—, debe levantar su mano para agredir a otro. 

Ninguna vida debería terminar por cuenta de las manos del inconsciente, desesperado, agresivo… del estúpido que solamente en la violencia encuentra una manera para comunicar lo que piensa.

Algo está pasando en los hogares y en la educación que estamos brindando, algún vacío queda que está reflejándose en bajísimos niveles de inteligencia emocional y habilidades sociales. Requerimos hacer un alto en el camino y entender lo que ocurre, aprender a relacionarnos de otra manera, renunciar a la violencia y comprometernos con el respeto por la vida y por el otro. Es imperdonable lo que ocurre y debe terminar, de una vez y para siempre.

Debe existir un amor sin muerte, donde hombres y mujeres puedan entregar su corazón sin miedo y saber que, aunque se presenten dificultades, desacuerdos o diferencias, los derechos del otro deben estar protegidos y ninguna circunstancia, por extrema o desesperante que sea, puede ser motivo para matar… ninguna.

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