Miércoles, 19 Sep,2018

Opinión / OCT 20 2016

Apuntamientos sobre la actualidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La crisis actual revela a las mil maravillas una verdad pasmosa: Colombia, a pesar de los progresos sociales y culturales propiciados por la carta constitucional de 1991, sigue siendo “una comunidad imaginada escindida”. El concepto lo empleó el profesor Fernán González en Partidos, Guerras e Iglesia en la construcción del Estado Nación en Colombia  (2006) para hablar de nuestra incapacidad histórica de construir un proyecto nacional incluyente, respetuoso de todas las tendencias políticas.

Antes y ahora, los bandos en disputa han trazado una gruesa línea divisoria entre copartidarios –los buenos, los patriotas– y   los otros –los enemigos, los malos–, olvidando de paso que la nación no es propiedad exclusiva de nadie, de ninguna bandería, sino el resultado del trabajo y de las ideas de todos. Superar la visión partidista de la realidad permite comprender que fuera del ‘Sí’, del ‘No’, del santismo, del uribismo hay, en efecto, salvación.

 

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La efervescencia sectaria obedece a ese fenómeno sociocultural llamado por Rubén Jaramillo Vélez “el mecanismo paranoide”. Al juzgar a quien piensa distinto como el enemigo, único causante de los males patrios, primero, se simplifica hasta la caricatura la realidad nacional y, segundo, se refrenda una mirada de mundo heredada del catolicismo tridentino y apuntalada por el maniqueísmo marxista y gringo de la Guerra Fría.

La simplificación de nuestra realidad sociocultural se percibió desde un principio en ambas campañas: Los del ‘Sí’ calificaron en bloque, obviando los matices, a los del ‘No’ como enemigos de la paz. Esto les impidió comprobar que los seis millones de colombianos del ‘No’ no están hechos de pasta distinta a la de ellos.

Tanto en el ‘Sí’ como en el ‘No’ hay ciudadanos de bien, ansiosos por vivir en paz. Otro error ético y político de ambas campañas fue utilizar el dolor de las víctimas para sus fines electorales. Una parte de las víctimas directas del conflicto armado apoyó el ‘No’ mientras otro sector se sumó al ‘Sí’. En lugar de convertirlas en anzuelos publicitarios se les debió escuchar a las víctimas, cosa que según la denuncia de Herbin Hoyos y Sofía Gaviria no se hizo.

En honor de la verdad se debe decir que la campaña del ‘Sí’ apeló al sentimentalismo, no a la razón ciudadana. También, en ciertos momentos, al chantaje de decir que si el ‘No’ ganaba la contienda no habría renegociación posible y la violencia llegaría a las ciudades. De una manera similar procedió el grupo del ‘No’ al propalar los fantasmas del castrochavismo y de la ideología de género. A ambas campañas les faltó grandeza.


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El paso a seguir para llegar al fin del conflicto armado con las Farc es promover la participación activa y deliberante de la sociedad civil. En otras palabras, quitarles la iniciativa a Santos, a Uribe y al Secretariado de las Farc. Para lograrlo debemos propiciar un gran diálogo nacional donde la gente defienda sus ideas sin por ello eliminar ni física ni simbólicamente a quien no las comparta.

Este diálogo ciudadano no conlleva a la renuncia de las nociones de mundo de cada quien sino posibilita acuerdos sociales, culturales y políticos que permitan la convivencia y la tolerancia. Así, dejamos atrás una forma de hacer política centrada en la violencia para inaugurar una basada en el respeto y la solidaridad. En otras palabras, construir entre todos una Colombia nueva.

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