Lunes, 24 Sep,2018

Opinión / MAR 07 2018

Apuntes electorales

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Con no poca lucidez los antiguos acuñaron una frase que algunas luces puede ofrecer al momento de marcar en el tarjetón candidatos en estas y en otras elecciones: “El estilo es el hombre”. Los políticos colombianos —dignos herederos del senador Onésimo Sánchez, el embustero profesional de un cuento de García Márquez— a punta de triquiñuelas convirtieron las ideas en simples anzuelos sacados de la gaveta en épocas de comicios y allí devueltos apenas estas pasan. Por eso, antes de acudir a la mesa asignada por la registraduría los electores deberíamos tomar un respiro y mirar con detalle los talantes de quienes aspiran a ocupar cargos oficiales.

Con esto, desde luego, no hablo de escrutar la vida privada de la gente sino su comportamiento y ética pública. Doy un ejemplo: desconfío profundamente de los hombres y mujeres providenciales, aquellos capaces de trazar con brocha gorda una línea divisoria entre los buenos y los malos. No soy capaz de depositar mi confianza en caudillos —me dan lo mismo sus discursos en las plazas y ante los micrófonos— para los cuales toda crítica es vista como una emboscada de las fuerzas del mal, un complot de los villanos de la película. Pueden prometer paraísos de cucaña, no les creo un ápice. Por estos días los mesianismos de pacotilla —el de Petro y el de Uribe— transformaron la campaña presidencial en un diálogo de sordos, en una espiral de acusaciones e improperios.


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Luciendo un traje de alta costura, el abogado Abelardo de La Espriella —sin el menor temblor de párpado o voz— ensartó una mentira detrás de otra en una entrevista televisiva hecha en Miami. Desprovisto de pruebas dijo que Sergio Fajardo es el candidato oculto de las Farc. Mientras con calculada parsimonia movía sus manos adornadas con anillos de oro, el señor de La Espriella hizo gala de un radicalismo chic de derecha cuando menos reprochable. Sin cambiar de postura ni tomar aire se desbordó en halagos al candidato Germán Vargas Lleras, soslayando un hecho real: Cambio Radical es en los últimos años el partido con mayor cantidad de escándalos de corrupción. Los quindianos podemos dar fe de ello. Para crecer en votos, los bandos intransigentes acuden a la guerra sucia, a lanzarle estiércol a los moderados.


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Gustavo Bolívar —autor de Sin tetas no hay paraíso y de la serie televisiva El capo— en su cuenta de Twitter llamó a Cúcuta una república paramilitar independiente. El destemplado mensaje del señor Bolívar vulnera el buen nombre de una ciudad, mancilla la honra de sus habitantes. Los radicalismos no se detienen en detalles ni matices: cultivan mecanismos paranoides para llevar a la ciudadanía a una falsa encrucijada. Para ellos solo existen dos opciones, ni una más. Durante los ocho años de Santos fueron o la Unidad Nacional o el uribismo. Ahora, repiten la dosis: o el petrismo o el uribismo. No, no es así. Las intransigencias centran sus campañas en el odio y el miedo, en la rabia y el ardor descerebrado. A todos nos vuelven carne de cañón.

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