Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / AGO 15 2018

Bicis y calle larga

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cedo a la insistencia de Adriana Patiño, ciclista habitual, quien tiene esta ruta entre sus preferidas. “Derrote sus fantasmas, la entrada está libre, vamos, no perdamos la tarde de sol y vientos, Calle Larga nos espera”. Retrocedo el R 4x4 —el x4 es merecido elogio a mi épico amigo fiel, soberano de planicies y montañas— receloso, aún con dudas; pero confirmada la ausencia del detestado retén, donde hasta hace poco guardas uniformados pretendían indagar destino preciso y propósito antes de autorizar el ingreso, iniciamos el suave descenso de seis o siete kilómetros, con retorno obligado. En sus primeras curvas, hace una docena de años, mi Sarita preadolescente, aprendiz apenas, perdió el control de su bicicleta, resultando con lesiones que durante buen tiempo opacaron su alegría. Tanto la ingrata evocación, como posteriores intentos fallidos de acceso a la vereda, tras oponerme al irregular control establecido en la vía pública, denunciado años atrás en este mismo espacio de opinión, continuaban disuadiendo el retorno al que en el pasado fue refugio antiestrés. Henos aquí, rodando por la vía algo maltrecha, aunque en bastante mejor estado que las demás sendas terciarias de Calarcá, apurando la tarde estival a sorbos lentos, a atisbos de paisaje apenas logrados entre resquicios de cercas vivas a ambos costados de la vía. Insisto en el absurdo de declararnos puerta del paisaje cafetero, al tiempo que insistimos en demarcar predios con muros vegetales, impidiendo su disfrute, negando al transeúnte el derecho elemental a la observación del panorama. Unos más altos y tupidos que otros; podados a altura concesiva algunos, en total descuido la mayoría, los setos de Zwinglea y otras especies conforman a lo largo y ancho de la comarca cafetera, laberintos verdes de mezquina justificación.

Sorprende y estimula hallar en estas tierras de Calle Larga, aptas para cualquier empeño agrícola, donde perduran construcciones tradicionales de vivienda y labor, cultivos diversos, además de los tradicionales café, plátano y yuca. Extensos piñales, fríjol, cítricos y otros, llevados con evidente esmero, rompen la monotonía paisajística-productiva. A mitad del tramo, un conocido proyecto agroturístico, con vistosas instalaciones; más allá, al occidente, brillando al sol, la hoya quindiana en su mejor enfoque. Es el feliz regreso a Calle Larga. 
Paradojas de la existencia: Sara Helena, quien tras el doloroso incidente llegó a detestar la bicicleta, es hoy trabajadora social ciclo-activista, convencida exploradora de la movilidad urbana alternativa, estudiante de postgrado en estudios territoriales, y pedalista entusiasta. Adriana, promotora de este vagabundeo dominguero, adhiere la nota humana y poética. Tras minutos de reflexión, abstraída conmigo en la gozosa contemplación del entorno, y luego de narrar sus repetidas visitas al vecindario en busca de silencio y sosiego, pronuncia la frase del día: la bicicleta me transporta a cualquier destino, pero a donde realmente me lleva siempre, es a eso que llaman felicidad. 

NOTICIAS RELACIONADAS


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net