Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / JUL 24 2018

¿Buenas prácticas?

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¿Cómo podemos realizar buenas prácticas con algo sobre lo cual desconocemos su real potencial para causar daño a nuestra salud o a los ecosistemas? La denominación ‘buenas prácticas agrícolas’ o BPA es utilizada por diferentes organismos vinculados a la agricultura. Según la FAO, estas buenas prácticas designan un conjunto de reglas que deben ser respetadas en la implantación y manejo de cultivos, a fin obtener alimentos seguros para el consumo humano o animal, respetando la sostenibilidad ecológica, económica y social de los socio-agroecosistemas.

En realidad lo que se busca es eliminar las consecuencias indeseables que podrían causar cierto tipo de prácticas agrícolas. En este contexto una pregunta se impone: ¿es legítimo hablar de buenas prácticas agrícolas en un modelo agrotecnológico basado en el monocultivo y el uso intensivo de pesticidas orgánicos de síntesis y fertilizantes químicos? Las contradicciones son insalvables.

Las características físico-químicas del conjunto de componentes de los pesticidas son habitualmente desconocidas. En consecuencia, no es recomendable tener confianza en la información oficial sobre los valores de parámetros de evaluación de riesgos toxicológicos: los valores límites de exposición profesional y los indicadores de seguridad alimentaria. En 2014, por ejemplo, un grupo de investigadores de la universidad de Caen —Francia— testan la toxicidad de nueve pesticidas, de los más utilizados en el mundo, comparando sus principios activos y sus formulaciones —conjunto de componentes de los pesticidas— en tres líneas de células humanas. Uno de estos agrotóxicos es el glifosato, el herbicida más aplicado en el Quindío, notablemente en el cultivo de café, y cuya formulación en Colombia se consigue como Round-up, Glifocafé o Glifosol.

Los investigadores muestran que si se toma en cuenta los adyuvantes de las formulaciones de pesticidas, la mayoría entre ellos pueden ser “varias centenas de veces más tóxicos que sus principios activos” (Mesnage et al., 2014). El Round-up, por ejemplo, mostró ser 125 veces más tóxico que el glifosato, su principio activo.

Probablemente esta es la razón por la cual la composición de estas formulaciones es frecuentemente mantenida en la confidencialidad por los fabricantes, y no figura integralmente en la ficha técnica del pesticida. Las compañías de agroquímicos, como lo señalan los investigadores de Caen, no declaran sino el principio activo, que es el único testado en los ensayos toxicológicos reglamentarios más prolongados efectuados en mamíferos, en particular en ratas, ratones y hámsteres.

Por cierto, es en función de esos ensayos que se hace el cálculo de la Ingesta Diaria Admisible, IDA, que justifica la presencia de residuos de pesticidas a niveles ‘admisibles’ en los ecosistemas y en los organismos. En conclusión, hay una tremenda sub-evaluación de la toxicidad y eco-toxicidad de los pesticidas. 

Dado este escenario, la expresión “buenas prácticas agrícolas” es una contradicción en sus términos, sería más preciso decir “buenas prácticas de envenenamiento”.

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