Viernes, 21 Sep,2018

Opinión / MAY 24 2018

Carta abierta al elector

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En Colombia el uribismo ha sido durante dieciséis años —¡cuatro mandatos presidenciales!— la narrativa política dominante. Hábil administrador de una serie de símbolos —relacionados con el arriero paisa y el gran propietario agrícola— el expresidente Álvaro Uribe Vélez ha impuesto los temas de discusión de la agenda pública, muchos de ellos vinculados con asuntos de orden público. 

La seguridad democrática —el emblema de su aparato retórico— encarna para sus adláteres el remedio a los males nacionales mientras para sus adversarios resume una política gubernamental nada respetuosa de los derechos humanos. Como tarde o temprano le sucede a la mayoría de los hombres fuertes, de los políticos providenciales —se me vienen a la mente los casos de Mosquera y Núñez— su presencia en el escenario político ya resulta asfixiante. Y lo es por algo sencillo y crucial: el anti-uribismo y el uribismo son las caras de la misma moneda, manifestaciones casi siempre poco dadas a aceptar los matices y la sindéresis. Centradas en la emotividad. A Uribe o se le ama o se le odia: no hay alternativas. Y esto, todo sea dicho, desfigura el debate democrático, lo convierte en una trifulca sin cuartel entre bandos, en el griterío de hinchadas. Llegó la hora —creo— de pasar la página, de incluir en la conversación social otros elementos y ópticas. Llegó la hora, repito, del post-uribismo. De por fin emprender las urgentes reformas pospuestas una y otra vez: construir una narrativa política distinta, una centrada en el poder transformador de la educación y la cultura ciudadana. En la actual campaña la Coalición Colombia, encabezada por Sergio Fajardo, es la que mejor interpreta este camino.

La propuesta programática de Fajardo es distinta a la de Uribe —y a la de Petro, desde luego— en unas cuantas cosas significativas: fue pensada y diseñada en el marco del acuerdo político de tres movimientos alternativos: El Polo Democrático, variante Robledo; la Alianza Verde y Compromiso Ciudadano. En otras palabras, es el fruto del trabajo en equipo, del pacto y el coloquio. Esto, a la postre, vacuna la candidatura contra los desatinos personalistas y el caudillismo de los mesías de opereta. La segunda no es menos importante: al ser evaluado por los expertos de diferentes campos, el plan de gobierno de Fajardo recibe calificaciones positivas por su sensatez y pragmatismo. Es síntoma de madurez no perder de vista las dinámicas del Estado colombiano y en consecuencia prometer objetivos posibles, metas conquistables en cuatro años. Los paraísos ahistóricos —las utopías de cucaña— funcionan en el reino de los eslóganes, no en el de lo factible.

Cierro con una idea en apariencia simple pero de implicaciones profundas: en diferentes escenarios y entrevistas Fajardo ha insistido en la necesidad de reconocer la diferencia ideológica y vital como una riqueza democrática: “aprender a ser distintos sin llegar a ser enemigos”. En virtud de la paranoia del uribismo y el anti-uribismo, de los amigos y los reacios a las negociaciones de La Habana, la sociedad colombiana está partida —de eso dan fe los resultados del plebiscito del 2 de octubre—, confinada en trincheras. Salir de ellas, iniciar un gran diálogo nacional son tareas de un gobierno de centro, no de uno de los extremos.

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