Lunes, 21 Oct,2019
Opinión / MAY 09 2019

Como detenidos laboran en el hospital

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Los gases lacrimógenos irritaban los ojos, la nariz ardía y los bramidos de policías y soldados ahogaban los gritos de maestros en paro. Desde el fondo del corredor en el tercer piso del antiguo edificio de la secretaría de Educación —calles 22 y 23, carreras 16 y 17—, observamos a la fuerza pública romper puertas y ventanas. Con máscaras antigás, parecían seres de otro mundo, los protegían escudos, con bolillos y fusiles arremetieron contra los maestros.

 

Un jueves de 1970 a las 10:00 a. m. la junta directiva del sindicato de maestros del Quindío decidió tomarse el edificio y discutir con el secretario de Educación las peticiones. Las manifestaciones de estudiantes, padres y maestros realizadas durante los últimos meses tenían muy poco efecto en la opinión pública, hasta la Policía decidió no perseguir y detener a los participantes. Varios maestros estaban internos en centros de salud y psiquiátrico; los comerciantes se cansaron de entregar víveres y donaciones para sostener la huelga. El gobierno nacional y local decía que con maestros en paro no dialogamos, entren a clases y después hablamos. ¡La decisión estaba tomada!

Antes de ser internado en el hospital departamental había estado detenido en la estación central de Policía, en aquel entonces al lado de la iglesia San Francisco. Entre una veintena de hombres alguien dijo: “hay que ayudarlos, son maestros” —parecía ser el líder de los presos en la celda—. Recostado en un sucio colchón me dieron agua, lavaron la sangre y prestaron los ‘primeros auxilios’. Difícil olvidar aquel sentido de solidaridad: presos, pero con respeto con el herido.

Otro jueves, después de 49 años, ingresé de nuevo al hospital. Esta vez por un infarto. Olía a detergente, diferente al olor a pintura en aquella primera vez —había sido inaugurado esta nueva sede en 1969—. En la medida que el personal de la salud me atendía recordé los auxilios de los presos. En la recuperación del cateterismo pensé si los médicos, enfermeras y administrativos del hospital siguen olvidados después de casi 50 años. ¿No son presos de un sistema de salud perverso? ¿Por qué trabajan con pocos equipos y en déficit presupuestal permanente? Igual ocurre con la educación, los sectores sociales básicos para preservar y engrandecer la vida.

Sí, realmente son reclusos pero trabajan con respeto y solidaridad. Les roban la libertad para trabajar a plenitud. No ahorran esfuerzos para atender bien a los pacientes, “quisiéramos hacer más y mejores cosas. Las protestas y paros sirven para poco. Nos sentimos presos de la indiferencia.”

Los ‘primeros auxilios’ recibidos por aquellos detenidos sirven para comparar y agradecer, pero también para exigir. Nuestro hospital es el principal centro de atención en la región, en asuntos de mediana y alta complejidad. Con más de 74 internos y convenios con casi una treintena de universidades comprende la importancia de trabajar unida a la educación. No solo presta servicios especializados, es también una institución que forma, ayuda a pensar y educa.

 


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