Lunes, 27 May,2019
Opinión / NOV 15 2017

Cómo echar a perder un líder…

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"Se echa a perder un líder cuando se les convierte en caudillos con verdades reveladas."

 


Los griegos tenían como criterio que el servicio público debía ofrecerse por un tiempo limitado para evitar que el ejercicio del poder prolongado terminara pervirtiendo ese liderazgo, esa capacidad e iniciativa de servir y trabajar por el bien común. El ejercicio del poder por largos periodos corrompe, convierte al poder en el fin, en el que los intereses particulares y mezquindades salen a flote y son la razón y principal objetivo; dejando de ser el medio para trabajar y contribuir al bien colectivo.

Las bases, esa masa con poder electoral a cualquier nivel, cuando votamos o elegimos a alguien para un cargo representativo, debemos hacerlo pensando siempre en darle el poder y vocería de los intereses colectivos, a una persona con las cualidades y capacidades éticas, intelectuales y de trabajo que se requieren para que en efecto sea un buen líder. Es responsabilidad de los padres, la escuela y el Estado, formar y fortalecer esos criterios en los futuros votantes para que la democracia realmente lo sea y no el asqueante panorama que presenciamos, desde una junta administradora de conjunto residencial, las organizaciones sindicales (lamentable porque estamos llamados a dar ejemplo), hasta las elecciones presidenciales; nos muestran como lo que nos impulsa a tomar esa decisión es el amiguismo (así sepamos que no es idóneo), el clientelismo (representa favores), la presión política (poner votos para mantener el trabajo), o simplemente la comercialización de nuestra conciencia. Votamos o elegimos pensando en qué obtenemos particularmente y olvidamos que nos asiste una responsabilidad de velar por un ejercicio democrático en el que el bien mayor, es precisamente el bien colectivo, el bien de la mayoría, pero además, luego de votar, olvidamos que debemos acompañar, hacer seguimiento y constatar en el tiempo, la materialización de aquello que se prometió, el cumplimiento de lo que se supone es “el deber ser”.

Se echa a perder un líder cuando se les convierte en caudillos con verdades reveladas y casi salvadores, terminando en un culto a la persona que desborda el sentido común, y nos convertimos como bases en simple comité de aplausos y adulaciones, cuando se les permite pensar por todos en lugar de dirigir y orientar la construcción colectiva de pensamiento y postura derivada de debates, discusiones y consensos en los que todos podamos expresar y contar, cuando les permitimos creer que pedirles cuentas es casi un irrespeto o muestra de desconfianza inadmisible; pero sobre todo, cuando los dejamos enquistarse en los cargos de tal manera que pierden el horizonte y deseo inicial de trabajo por lo común, entonces vicios, mañas y toda clase de prácticas reprochables aparecen. 

Me compartieron el otro día, un mensaje de lo que contestó Aurelio Baldor, el matemático y profesor cubano, al preguntársele sobre como estimar el valor de una persona matemáticamente, a lo cual respondió lo siguiente: “Si la persona tiene ética, vale uno (1), si además es inteligente se le agrega un cero (0), con lo cual ya vale diez (10), si además es un buen ser humano, se le agrega otro cero (0) y ahora vale cien (100), y así con cada virtud que tenga, se le agregaran ceros y su valor aumentará; pero en el momento en que pierda la ética, perderá el uno (1) y su valor será cero. Quienes se postulan para ser líderes a cualquier nivel, y quienes elegimos a esos representantes, debemos hacerlo con ética; pero además, debemos garantizar con las normas, el acompañamiento y seguimiento, que no se echen a perder porque aunque afortunadamente los hay, cada vez parece más complejo encontrarlos buenos, éticos, genuinos y que trabajen comprometidos por el bienestar común. 


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