Domingo, 27 May,2018

Opinión / FEB 09 2018

Contra los odios

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Lo ocurrido en Armenia durante la visita de Rodrigo Londoño Echeverri, el ex jefe del ejército irregular de las Farc y ahora candidato a la presidencia por el partido político que firmó la desactivación del conflicto, me hizo pensar en los depósitos de odios anidados entre los colombianos.

Recordé la ira que vi muchas veces en los ojos de mi familia, de mis padres, víctimas de la violencia de 1948, y la legitimidad de un odio que parecía eterno.

Muchos de mis conciudadanos, quienes profesan odio con una militancia agresiva, me avergüenzan hasta el fondo del alma. Si bien pueden tener una parte de razón en las motivaciones de sus deseos de venganza, y de sus manifestaciones verbales, convertirse en idiotas útiles de la politiquería actual es una pena. Parecen marionetas aguijoneadas o estremecidas por un titiritero.

Además, creo que mucha de la indignación que exhiben como una herida abierta es falsa, acomodada y solo responde a la coyuntura y a la polarización creada por el populismo agresivo de la derecha colombiana.

Verlos gritar desaforados, porque algunos periodistas los inducen- Herbin Hoyos o Claudia Gurissati, para solo mencionar unos pocos de los comprometidos en esa cruzada vengativa- o porque algunos líderes incitan a las vías de hechos –las mismas que maquinaron con las autodefensas o paramilitarismo- causa indignación y compasión.

Compasión porque algunos de ellos si tienen víctimas en el conflicto, y cargan  su corazón maltrecho; e indignación porque, en otros, es tan solo un falaz motivo, una excusa utilizada para buscar réditos en la contienda electoral de este año.

Hace pocos días, inducido por una columna de prensa del escritor calarqueño Umberto Senegal pude leer un ensayo que hoy es viral en Alemania, como alguna vez lo fue aquí la Franja Amarilla de William Ospina. Es un libro escrito para pensar y repensar los mecanismos del odio, su transnacionalidad, como un emprendimiento de la globalización que intenta incubar miedo entre nosotros.

Carolina Emcke, en su ensayo “Contra el odio” cuestiona los procesos identitarios y sobre todo la xenofobia, es decir ese temor a que los diferentes, los extranjeros, invadan nuestra vida cotidiana.

Buena parte de esos odios, expresados contra lo marginal, son construidos desde una perspectiva ideológica o religiosa  o responde a las inseguridades colectivas.

“Observar el odio antes de que estalle, acompañado de ira ciega, abre otras posibilidades de actuación: determinadas manifestaciones de odio competen a la Fiscalía del Estado y a la policía; pero las distintas formas de discriminación, las pequeñas e implacables estrategias de exclusión que se manifiestan en gestos y hábitos concretos, en determinadas prácticas y convicciones son responsabilidad de toda la sociedad”, dice bien Emcke.

Colombia es hoy un hervidero de resentimientos, de fuegos cruzados por múltiples iras que se alimentan a sí mismas. Algunas víctimas de las guerrillas quisieran tierra arrasada y venganza, mientras otras perdonan a sus enemigos pasados. Otras, víctimas de los paramilitares, o del mismo Estado, ante la manipulación de los medios de comunicación y de las redes sociales, son invisibles, y nadie pregunta ahora por su dolor, como es el caso de las madres de Soacha.

El odio, como emoción exacerbada,  es un negocio político de la peor laya. Y quienes lo usan, como el miedo, son seres mezquinos que nutren su sangre de más sangre.

 

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