Sabado, 17 Nov,2018

Opinión / MAY 21 2018

Corrupciones

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El tema de la corrupción está nuevamente de moda en el Quindío. Después de los sucesos por todos conocidos, empiezan a aparecer comentaristas y comentarios de todos los órdenes y para todos los gustos; los hay sesudos y juiciosos o lacónicos y punzantes, no faltan los irónicos, algunos superficiales que ayudan a hacer el juego, unos apocalípticos, hipócritas otros que es más lo que ocultan que lo que revelan, en fin. 

Se podrían clasificar estas opiniones en dos grupos significativos: uno, los que consideran que la corrupción es un fenómeno episódico y aislado en el Quindío producto de generación espontánea, un estigma de última hora con que los hados nefastos del destino decidieron poner a prueba este pedacito de cielo, otro, los convencidos que la corrupción reinante entre nosotros es un asunto sistémico, cuyo reflejo actual es apenas una de las manifestaciones de las anomalías de nuestra moral social durante la exisatencia como departamento. Yo particularmente me inscribo en este último grupo. 

Hay que ver las expresiones de los primeros, hablan de la corrupción en el Quindío con ‘estupor y con asombro’, invocan el espíritu de las figuras políticas del pasado, y su ‘espíritu libertario’, añoran la ‘flama de la quindianidad’, señalan con el dedo acusador el proceder de las señoras de la corrupción —olvidando los tacones de otras jefas que han desfilado por esta pasarela—, invocan a las juntas cívicas y los pro-hombres frente a la ‘arremetida actual de la politiquería y la corrupción’ .

Quienes no compartimos estos arrebatos greco-quimbayas, sabemos que la corrupción ha sido una constante en esta comarca, y lo sabemos porque la hemos visto desde hace muchos años, la hemos visto desfilar todos los días en manos políticos venales que han enriquecido sus bolsillos, hemos sido testigos del nepotismo, el amiguismo del contratismo fraudulento, de la falta de perspectiva y de la complicidad de la clase dirigente; de la tolerancia de negociantes que se hacen llamar empresarios que no asumen sus responsabilidades públicas ocupados en aprovechar las gabelas que para el negocio se puedan desprender.

De la obsecuencia de los gremios y las juntas, anquilosados por el mutismo por lo público, donde se han perpetuado sus dirigentes que hibernan por periodos eternos que ya no se cuentan en años sino en décadas; de la indiferencia del sector académico, que nada le preocupa su poco peso en las decisiones institucionales de Armenia y del Quindío; de los medios de comunicación, que han fungido muchas veces de cómplices del quehacer de la clase política corrupta y, en últimas de una sociedad, que al respaldar a los empresarios políticos del dinero y los contratos ayuda a reproducir el caldo de cultivo donde se genera todo esta descomposición.
Corrupción hoy, sí, y muy grave, que tal los veinte mil millones que se gastaron los ganadores de la campaña política regional hace tan solo dos meses, pero antes también. 

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