Martes, 25 Sep,2018

Opinión / AGO 30 2018

Crisis cafetera

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La crisis cafetera se hace cada vez más aguda, la semana pasada el precio internacional de la libra de café cayó a menos de un dólar —$97,2 centavos— en la bolsa de Nueva York, su nivel más bajo desde hace 12 años, arrastrando así el precio de venta del café a nivel nacional a $680.000 por carga —125 kilos—, es decir a 2.800 la libra de café en pergamino. Es un desastre para el sector y para toda Colombia que los caficultores vendan a pérdida el producto de su trabajo, un precio que no logra siquiera cubrir los costos de producción estimados en más de $800.000 por carga.

Ante un panorama tan desolador, el pasado lunes 27 de agosto, los productores de café lanzaron una acción colectiva para no vender café, una acción que podría repetirse el 4 y 5 de septiembre. El precio internacional para los cafés suaves viene bajando desde hace 22 meses continuos, solo ayer el gobierno colombiano tomó una primera medida destinando $100.000 millones en auxilios directos al precio interno de café e instalando una mesa de concertación para buscar soluciones más estructurales.

La caída internacional del precio del café se debe en gran parte a los fondos especulativos de inversiones. A ellos no les interesa el destino de las 540.000 familias cafeteras o de los 25 millones de personas que viven en el mundo de este fruto. Solo buscan remunerar al máximo el capital y en esta ambición sus especulaciones financieras han arrasado con la economía de países como España o Grecia. 

Colombia, el país con los cafés más suaves del mundo, debe proteger los precios del mismo ya que es el tercer producto más importante de su economía y evitar que el precio sea dictado desde el exterior. Para eso necesitamos fortalecer nuestro mercado interno de consumo de café. Esto pasa obligatoriamente por mejorar la oferta nacional, actualmente exportamos los mejores frutos y a nivel interno se consume pasillas o cafés inexportables de pésima calidad. Hay que educar el paladar del colombiano, que se acostumbró a tomar tintos con aroma a pescado, sabor a fenol, bañados en pesticidas, y que esconden sus defectos detrás de un grado de tostión muy alta, al cual deben agregar mucha azúcar para darle sabor. Imaginemos que es posible tomarse un delicioso café en la casa de cualquier colombiano, terminal, cafetería de esquina y a través de cada sorbo viajar por sus cualidades.

Esa fue precisamente la apuesta que hicieron las  tiendas Juan Valdez, donde se pueden degustar cafés premium, aunque a precios bastante elevados que desafortunadamente no se ven reflejados en los sobreprecios o bonificaciones que reciben los caficultores en reconocimiento de la calidad del café que le venden. Estas tiendas se crearon precisamente con el objetivo de generar valor agregado para las familias cafeteras y así lo recuerdan las paredes de sus 200 locales: “Con cada taza de café apoyamos la labor de miles de familias cafeteras”. Esta marca, que vende una taza de café a más de $15.000 podría comenzar a aplicar una remuneración justa y digna por el café que compra. 

La economía cafetera, fuente primordial de vida en muchos municipios, se vería beneficiada si estas comenzaran a dar ejemplo, pagando un buen precio por el café colombiano. Y sería mucho más beneficiosos si la marca decidiera por fin repartir dividendos a sus accionarios, familias cafeteras que le apostaron a la marca, pero ellas, al contrario de los fondos de inversiones, nunca han recibido ninguna remuneración por el capital invertido.

@Viviana_Viera_

Viviana Viera Giraldo

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